le dieran al proyecto los debates reglamentarios y evitar la introducción de modificaciones que desvirtuaran los efectos justicieros que se buscaban. «Hay que saber —se pregunta Forero— cómo estaba compuesta la representación parlamentaria del Perú para darse cuenta de las resistencias que tuvo que vencer el señor Leguía a fin de conseguir que ésta y otras reformas quedaran incorporadas en el régimen institucional del país»162. Según el relato de Forero, entre quienes acompañaban a Leguía, no faltaban parlamentarios («caciques de la sierra, de la montaña y hasta de los pueblos de la Costa») que años antes habían sostenido con sus votos a la dinastía conservadora de los Pardo, y aunque procuraban adaptarse a las nuevas condiciones para no perder la curul, les resultaba duro y ajeno a sus intereses creados acoger las reformas con beneplácito. Como refiere Basadre, en la Cámara de Senadores no había ambiente favorable a la Ley163. La experiencia parlamentaria de este grupo le daba medios eficaces para retardar y a veces desvirtuar toda legislación progresista. De ahí que, siempre según Guillermo Forero, el proyecto de la Ley del Empleado pasara por las dos Cámaras «como si dijéramos, a empujones», y cuando volvió a la de Diputados para considerar las reformas que le introdujo el Senado, iban a clausurarse las sesiones de la legislatura 19231924. No quedaba sino un día útil para ese trámite y el señor Leguía le hizo saber al presidente de la Cámara baja que el gobierno le daba grande importancia al proyecto y que deseaba se le incluyera en el orden del día de la única sesión que faltaba en esos momentos, la de clausura. Pero esto no era lo que buscaba el grupo retardatario del Parlamento y, alarmado por la actitud del presidente, maniobró de modo que la Comisión de la Mesa complaciera al jefe del Estado poniendo el proyecto para su último trámite en el orden del día, aunque después de una larga lista de asuntos, calculando que de ese modo llegaría la hora legal de la clausura sin que la Cámara hubiese declarado su voluntad de que el proyecto fuese ley de la República y quedase, por lo tanto, enterrado hasta otra legislatura. «Se obedece pero no se cumple»164. Al conocerse esta maniobra pocas horas antes de la sesión, cundió el alarma entre los empleados del comercio de Lima, quienes decidieron hacer el último esfuerzo que estaba a su alcance para salvar el proyecto: comunicar a Leguía la treta de que se valían los caciques del Parlamento, en la esperanza de que él hiciera algo para sacar adelante la ley165. Pero a la comisión que enviaron a Palacio los empleados federados la citaron para 70
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