Prado y Ugarteche, ocuparon el escenario político. Era el periodo de la Asamblea Nacional que redactaría la Constitución de 1920. Lamentablemente a esa fase, que podría denominarse «la primavera democrática del Oncenio», seguiría un segundo ciclo de fuerza y de infracción constitucional de las normas aprobadas por la misma Asamblea. En esas extrañas paradojas de la historia, el artífice de la represión era un hombre de letras, German Leguía y Martínez, historiador y jurisconsulto que encabezaba esa orientación autoritaria. Era un intelectual; más que eso: un erudito. Había redactado un diccionario histórico y biográfico de Piura (donde ejerció como prefecto), una documentada historia de Arequipa (lugar del que procedían sus antepasados por línea materna y ciudad en la que se desempeñaría como vocal de la Corte Superior), un exhaustivo estudio en siete tomos sobre el Protectorado del general José de San Martín, así como —tiempo después— un pormenorizado diccionario de legislación penal. En política, incluso era radical. Siguió primero a González Prada y a su fugaz partido y luego al liberal Augusto Durand, a quien luego curiosamente persiguió. En medio de un escándalo parlamentario fue nombrado vocal de la Corte Suprema cuando todavía ejercía como ministro de Relaciones Exteriores en reemplazo del prestigioso jurista Luis Felipe Villarán, quien entonces gozaba de licencia por su deteriorada salud. La vacancia de Villarán se produciría recién a principios de octubre de 1912. Leguía debía transferir el mando a Billinghurst el 24 de setiembre, de modo que correspondía al futuro presidente Billinghurst —de acuerdo con la vigente Constitución de 1860— proponer al nuevo Congreso (integrado con el nuevo tercio, ya elegido con mayoría leguiista) la terna de vocales para efectuar el nombramiento y cubrir la vacante. Sin embargo, Augusto B. Leguía, antes de culminar su mandato, propuso el nombramiento de su primo antes de producirse formalmente la vacancia. La intención era inequívoca: favorecer a un pariente, pero no solo eso, también se buscaba introducir en la Corte Suprema, que disponía de competencia electoral, a un magistrado de confianza. Eso más adelante, como se demostraría con el tiempo, podría ser políticamente útil. Así como dejó a su hermano Roberto como vicepresidente de Billinghurst, dejó también a su primo Germán como vocal supremo. Clemente Palma, una suerte de Catón en esa época — quien tiempo más tarde abrazará los ideales de la Patria Nueva—, en su editorial de Variedades, denunciaba: 115
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