Ley y justicia en el Oncenio de Leguía

habían apresado a otros amigos míos no dejé de comprender con qué propósito se me buscaba. Pude escapar, por tanto, pero no quise, porque nada tenían de qué acusarme. Salí de mi oficina, como de costumbre, a las 7 y a los pocos metros se me acercó el oficial consabido y me condujo directamente al Panóptico y allí me han tenido hasta la una de la mañana de ayer. Solo he podido ver a mi esposa muy a la ligera y delante de testigos. No se ha querido permitir que me lleven la comida de casa ni del club. Del porqué de mi prisión solo me he enterado por los gritos de una turba que pasó bajo las ventanas del Panóptico, lanzando improperios y torpezas. Se me cree conspirador y, como tal, peligroso, y por eso voy al extranjero antes de lo que pensaba, pues ya tenía comprados pasajes para irme con mi familia en el vapor Santa Ana. Han fraguado este invento de la conspiración y era de rigor que se me incluyera entre los imaginarios conspiradores. El juego es bien claro. Al país se le quiere engañar260. Al parecer la causa de las detenciones consistía en evitar un magnicidio en agravio del presidente. La conspiración habría sido tramada por miembros del civilismo y algunos oficiales; sin embargo, las autoridades no dieron razón de las detenciones. El 10 de setiembre de 1919, La Prensa, vocero opositor y, sin duda, el más importante testimonio impreso de este periodo, emitía un editorial titulado precisamente «Un atentado inexplicable». Cuando el país y los elementos imparciales de la opinión pública esperaban del régimen provisional que encabeza el señor Leguía una conducta justa y respetuosa que la hiciera perdonar sus graves tachas de origen, y que permitiera entrar a la vida nacional entre las normas constitucionales de las cuales había sido violenta e inmotivadamente apartada, nos encontramos con que las autoridades de la policía abren ayer una nueva era de persecuciones odiosas, de tristes exacciones, sembrando la intranquilidad pública y tendiendo con tal conducta al descrédito del país en el extranjero en momentos decisivos y solemnes para él. [...] El juego es verdaderamente peligroso para la nación. Nada hay (y por nuestra parte desafiamos a los elementos oficiales a demostrar lo contrario) que justifique esa ya antigua conocida política de suspicacias y de recelos que tenía al agente secreto, a la poblada alquilada y al funcionario policial como base de sustentación y que tan dolorosas escenas ha provocado al país261. El sábado 13 de setiembre de 1919 se informó que tres de los detenidos, vinculados al Partido Civil, Miguel Echenique, Ramón Aspíllaga y Aurelio García y Lastres, habían sido liberados en los últimos días con la condición de abandonar el país262. El domingo 14 de setiembre se hallaban ya embarcados en el vapor Ucayali, próximo a zarpar, el coronel Fernando Sarmiento y el mayor Alfredo Henriod. La familia de este último presentó 111

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