modernización del Estado243. Esa tarea, sin embargo, no sería fácil. En todo caso, la represión fue de tal magnitud que los propios opositores mostraron su sorpresa: «las autoridades de la policía abren ayer una nueva era de persecuciones […]»244. En la mañana de 10 de setiembre de 1919 una turba llegó a la Estación de Desamparados procedente del Callao. Marcharon a Palacio y pidieron ver al presidente. Apareció Leguía por uno de los balcones y denunció un atentado contra su vida. Anunció que deseaba redimir al Perú de «los hombres de ayer». Amenazó que tendría «a buen recaudo» a los autores del intento de magnicidio245. «Un grupo de pueblo» se dirigió a las oficinas de El Comercio con banderas, «lanzando palabras de protesta contra los civilistas». La casa del hasta hace poco candidato presidencial, Ántero Aspíllaga, fue asaltada. Las instalaciones del principal diario de la oposición, La Prensa, fueron también atacadas. No obstante las solicitudes de garantía, el gobierno no otorgó la conveniente seguridad al periódico: los veinte policías que custodiaban el diario estaban desarmados. Estos hombres funestos —sentenciaba Leguía— habían interpretado como debilidad los primeros actos del gobierno, los cuales no se inspiraban sino en un acto de conmiseración hacia los malos peruanos, que al fin son hermanos nuestros. La Providencia, que vela, sin embargo, sobre los destinos del país, ha debelado el criminal intento de hoy, permitiendo tener a sus autores a buen recaudo, de donde no saldrán sino bajo la sanción de la justicia y de acuerdo con el veredicto del Perú entero246. Durante las siguientes semanas los periódicos ofrecen información sobre las detenciones, pero también sobre los hábeas corpus que les seguían. Hasta se creó en La Prensa una sección especial para reportar estas acciones. Se informa, por ejemplo, que los señores Miguel Echenique, Ramón Aspíllaga y Aurelio García y Lastres fueron liberados en los últimos días, con la condición de abandonar el país247. Desde el Callao, el corresponsal de La Prensa anunciaba que el mayor Alfredo Henriod y el coronel Sarmiento habían sido desterrados a bordo del vapor Ucayali, pero también daba cuenta de que la familia de Henriod había presentado a la Corte Superior un recurso de hábeas corpus, el cual fue desestimado por el prefecto del departamento. La Corte, el día de anteayer, conoció el relativo al mayor Henriod. En dicho recurso, el informe expedido por la autoridad dice que el mayor Alfredo Henriod «apresado por habérsele comprobado participación en el abortado movimiento 107
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