judicial del Tribunal Correccional con carácter mandatorio ordenaba que en el día se restituyera la imprenta de dicho diario a su director233. La resolución judicial que disponía la reapertura del diario El Tiempo cayó en saco roto. Los funcionarios públicos y la autoridad policial se rehusaban a su cumplimiento. El Tribunal no tuvo más remedio que recurrir a la Corte Suprema. Este procedimiento se aplicaba al caso sub iúdice, conforme a lo dispuesto en el artículo 14° de la Ley de 21 de octubre de 1897, la Ley de Hábeas Corpus, y según lo prescrito en el artículo 7° de la Ley 2223. La Corte Suprema insistió, pero aun así el fallo no era acatado por la fuerza pública. El más alto tribunal de justicia del país decidió entonces dirigirse al ministro de Gobierno de José Pardo. Exigía con coraje institucional que se cumpla rigurosamente lo resuelto por la Corte Superior de Lima234. El nuevo gobierno, el de la Patria Nueva, se instaló el 4 de julio de 1919. Augusto B. Leguía y sus parciales, que habían ganado las elecciones en competencia con el candidato del Partido Civil, el rico hacendado Ántero Aspíllaga, se adelantaron a la toma de mando. Técnicamente, era un golpe de Estado. Se rompía el orden constitucional. En el «Manifiesto a la Nación»235 pronunciado ese mismo día, tan pronto el Congreso decidió su victoria electoral, se proclamaba a Leguía «Presidente Provisorio»236. 3.3. UN DESPLANTE CALCULADO Ocurrido el golpe de 4 de julio de 1919, el inaugurado régimen de la Patria Nueva comunicó a la Corte Suprema todos los detalles: la asunción adelantada del poder, el nombramiento por el Congreso de la República de Augusto B. Leguía como presidente provisorio y la composición de su gabinete ministerial. Había, sin embargo, un detalle que llamaba la atención a cualquier observador: la comunicación no estaba suscrita por el flamante jefe de Estado, sino simplemente por el ministro de Justicia, Culto, Instrucción y Beneficencia, Arturo Osores237. Se trataba de un abierto desplante. El protocolo exigía que el propio presidente se dirigiera por sí mismo ante el representante de otro poder del Estado. Las peculiares circunstancias de asumir el poder hacían esta comunicación incluso más imperiosa. A pesar de que el oficio anunciaba deseos de cooperación y el propósito de «mantener relaciones cordiales y respetuosas», en un mundo marcado por los gestos y rituales la ausencia de la firma del presidente anunciaba tiempos difíciles. Era también un acto de torpeza política, 104
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx