supremos Francisco Javier Mariátegui y José Luis Gómez Sánchez. Ante sus protestas, Tejada les recordó que estaban en una dictadura y que, por tanto, no podían aferrarse a la Constitución. Los vocales renunciaron en acto de protesta. Un año más tarde, el Congreso Constituyente de 1867 los reincorporó en sus puestos. En 1884 ocurrió un incidente parecido cuando el ministro de Hacienda sostuvo que la falta de inversión de capitales tenía por causa una inapropiada administración de justicia. El presidente de la Corte Suprema, José J. Loayza, expresó sus protestas y logró el retiro de las frases. Otro accidentado enfrentamiento tuvo lugar en 1894, cuando el célebre ministro Fereccio, quien ocupaba el portafolio de Hacienda, adujo en su memoria que había demasiados jueces y que ello constituía un despilfarro de recursos. La Corte Suprema denunció la actitud del ministro ante la opinión pública y amenazó con iniciarle un juicio de responsabilidad226. La respetabilidad de los jueces durante la República aristocrática halla confirmación en un comentario periodístico de Alberto Ulloa Cisneros, futuro director de La Prensa, en su columna «Reflexiones de un cualquiera», a propósito de un altercado entre Espinoza, el presidente de la Corte Suprema, y el ministro de Justicia. Sobre los miembros de la Corte Suprema, hay que referirse —advierte Ulloa, con algo de ironía— con sumo cuidado y especial consideración. Por eso, no seré yo el que llame la atención del público sobre esta nota malhumorada del presidente del Supremo Tribunal, señor Espinoza, que publicaron los diarios, y destinada a mandar a un cuerno al Ministro de Justicia, que tuvo la temeridad de olvidarse de que los «señores» no aguantan requisitorias de ninguna clase227. ¿Perdió acaso con Leguía el Poder Judicial el prestigio del que estaba investido? Luis Alberto Sánchez, un nostálgico de la Patria Nueva, estimaba que sí. Sánchez pensaba que existía un antes y un después del año 1921. «Nuestro Poder Judicial, tan austero ayer —explica Sánchez— entró en crisis cuando se convirtió en prebenda política. Pudo tener muchos defectos, mas hasta 1921 conservaba cierta independencia»228. Ergo, después del mencionado año, a juicio del avispado intelectual limeño, la autonomía del sistema de justicia había sucumbido. Otro testimonio similar es el del político y periodista Mariano Ignacio Frisancho. Anota el periodista puneño, quien fuera fundador del diario Los Andes: «El Poder Judicial era la única esperanza de la ciudadanía para controlar a los miembros del Ejecutivo. Es por esto que su prestigio no 101
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