Letras que abrazan

76 estaba en Cerro de Pasco; al día siguiente llegó. Su compañía fue como un milagroso remedio; estuvo seis días y se fue dejándome completamente tranquilo. Pero ahora, hace 13 meses que sufro la más grande crisis. Las primeras noches, cuando sentía a la muerte en la garganta, soñaba con nuestro padre y contigo. Hay días en que me siento desolado, con una tristeza sin consuelo. Mi mujer es maravillosamente inteligente, pero pertenece a un medio social infinitamente distinto al nuestro, y en el fondo, en la última esencia del alma no me comprende; y a veces procede en forma cruel y terrible. Esta mañana desperté a las 5 con una angustia muy grande; lloré un rato, y decidí escribirte. Tengo un tumulto de quejas, una gran soledad; y a nadie puedo decirle [cuánto] me viene el atroz dolor a la base de la cabeza, parece que todo lo tengo perdido. ¡Y cuánto me falta hacer y escribir! Hoy, hermano, miro el mundo y a nuestro país con una claridad extraordinaria. Acabo de escribir un ensayo sobre la inversa evolución social y estética seguida por México y Perú. Porque el fuego que tiene el hombre llamado por el arte no se apaga ni en la agonía. Pero te necesito por unos días; hace mucho tiempo que no puedo comunicarle a nadie mis penas íntimas, y acaso esta carga pesada es la que no me deja reponerme definitivamente. No quise llamarte porque me parecía un abuso hacerlo.

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