Letras que abrazan

77 Cuando hablamos por teléfono creí poder animarte para que vinieras; pero me faltó el valor; no podía obligarte a dejar tu casa, tu mujer delicada, porque vinieras a ayudarme. Pero ha pasado enero y creo, a veces, que estoy peor. En el fondo soy un hombre de poca valentía; puedo enfrentarme serenamente a otras luchas; pero mi alma es infantil, y en mis horas peores he llamado a nuestro padre y te he llamado, porque tú eres lo único que me queda de la carne de mi carne. Y ni siquiera he podido pronunciar el nombre de nuestro padre, no el tuyo, porque Celia me hubiera aplastado con sus celos. Todo lo hice para dentro y por eso mi alma está congestionada y abrumada. Quisiera que vengas tan solo por unos cinco días. Pero que no sepa Celia que te he llamado; debe creer que vienes por tu propia iniciativa, a curarte, o a verme. Pero todo faltarás solo siete días a tu casa. Y si me anuncias tu llegada hazlo por carta dirigida a la Estafeta de Correos, o por un telegrama escueto. Te alojarías en un hotelito, acaso en el «Comercio». Lima está muy cambiada, paseando contigo, hablándote, quizá mi espíritu se despeje y sane. Descargaré todas mis quejas íntimas; porque, en verdad, soy un campesino habitando en un medio extraño y [¿vidrioso?]; y estoy cansado de luchar en luchas menudas, interminables y de todos los días.

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