107 Toda esta digresión, absolutamente gratuita, me ha sido inspirada en gran parte por el papel verde en que te escribo, un papel bucólico y agrícola, que hurté a Hernando, aprovechando que este se ha ido por dos días a Normandía, invitado por un amigo de hospital. Entre los enfermos surgen extrañas complicidades. Son minorías dentro de las minorías, sectas extremadamente especializadas. Cuando yo los escucho hablar de sus dolencias y experiencias me siento tan marginado como ante la conversación de un par de protozoarios. Hernando debe regresar a Lima hacia el 15 de setiembre, pues aquí en casa, ahora sin Alida, se vive en el mayor desorden, sin atención, comodidad ni bonanza. Prácticamente desde que se fue a España no he vuelto a pasar la aspiradora, ni a tender la cama ni a bajar la basura al patio del edificio. Los objetos viven en libertad y se desplazan con una autonomía y una arbitrariedad que no deja de inquietarme un poco. Desde hace días no sé adónde ha ido a parar una tijerita para las uñas ni un cepillo para los zapatos. También ellos —los objetos— se sienten en vacaciones, fuera del control de su patrona, y aprovechan ahora la coyuntura para abandonar su territorio y lanzarse a la exploración de otros reductos que antes les estaban vedados y entrar en relaciones con objetos prohibidos, al extremo que el otro día, después de buscar desesperadamente mi paraguas, lo encontré en alegre cháchara con las sartenes de la cocina.
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