106 significativo y todo tiene una memoria. Una belleza, en suma, que está condicionada por su pasado y que te obliga, al recorrer los lugares, a pensar que fueron vistos y transformados por millones de seres maravillados y muertos. Tus fotos me remiten en cambio a una naturaleza en la que muy poco o poco es capaz de turbar la inocencia de tu mirada. Tu mirada es la que funda la belleza. En la Costa Azul naturaleza y cultura se han entrelazado de tal forma que es casi imposible separar una de la otra. En las afueras del Cuzco[sic], en la ruta hacia el Vilcanota y el Urubamba, prima la naturaleza sobre la cultura. Hablas tú de fortalezas, palacios, templos incaicos y españoles, pero estos no se dan sin solución de continuidad en el espacio y en el tiempo y su propia existencia aislada resalta más el vacío y el silencio que los separa. Solo en Cuzco[sic] ciudad estos testimonios se agolpan e incluso se superponen, porque es allí donde comienza a edificarse nuestra historia. Pero en el resto —y es lo que me impresiona en tus fotos— qué soledad, qué abandono, qué pocas huellas humanas, qué diálogos tan secretos y seculares, tan secularmente secretos entre el monte y el río, entre la laguna y el cielo, qué llamado dramático a los hombres para que se detengan, observen, descubran, nombren, describan e incorporen ese territorio al tráfago de su vida, es decir, para que transformen la naturaleza en cultura.
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