cívico derrocara a la poderosa maquinaria militar construida por Cáceres. La alianza coalicionista de fuerzas civiles posibilitó la instauración de un novedoso gobierno pluripartidario, pero no pudo resistir la hegemonización en el nuevo bloque de poder de las tendencias monopólicas y autoritarias que habían venido desarrollándose en el país durante el período de la posguerra. Estas se encarnaron en un civilismo autoritario que, después de restringir sensiblemente el universo electoral del país, desplazó a todas las fuerzas opositoras del bloque del poder y cerró, en consecuencia, los tradicionales espacios de expresión política de los sectores medios y populares. A partir de la primera década del siglo XX, fue confrontado abiertamente el discurso republicano conservador impuesto por un civilismo en alianza estratégica con un resurrecto militarismo. Así la incapacidad que exhibió el sistema en su tarea de incorporar a nuevos actores sociales, junto con las resistencias de ciertos sectores civilistas de llevar a cabo una política social acorde con la bonanza económica que se vivía y con las evidentes necesidades de las grandes mayorías, fue creando un malestar que se tradujo políticamente. En efecto, la ausencia de instituciones políticas capaces de dar voz a una población urbana en incremento y el intenso proceso de polarización social, subproducto de los cambios económicos experimentados por el país, fueron el escenario para la resurrección de un republicanismo radical, encarnado en la figura de Guillermo Billinghurst. Este, además de contar con el apoyo de sectores medios urbanos que buscaban un espacio político dentro de un sistema crecientemente elitista, movilizó a los sectores laborales que habían venido nutriéndose ideológicamente en las tiendas anarquistas. El fracaso de la opción republicana radical encarnada por Guillermo Billinghurst, además de probar lo peligrosas que resultaban las estrategias movilizadoras de antaño, recreó la alianza cívico-militar del período de la posguerra. Así, las clases medias urbanas, a las que Billinghurst intentó dar voz, se alejaron del republicanismo radical billinghurista en la medida que las «plebes insolentes» movilizadas por aquel fueron adquiriendo mayor autonomía y poder. Luego de la separación de Billinghurst del poder, el sistema republicano buscó reinventarse una vez más, a través del Movimiento Nacional Democrático y la Convención de Partidos, pero la fractura que el golpe militar provocó en la élite política peruana, unida a la crisis económica que experimentó el país como producto de la Primera Guerra Mundial, conmocionó fuertemente a las estructuras sociales, 414
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