La utopía republicana

un aumento salarial y la promulgación de la jornada de ocho horas. En 1917, año de las elecciones parlamentarias y del distanciamiento de los constitucionales del bloque de poder —los liberales lo harían en 1919—895, se declararon en huelga los motoristas y conductores de Lima y Callao, y violentas luchas políticas y sociales ensangrentaron importantes zonas del territorio nacional. Los asientos petroleros del norte y las provincias serranas de Palcaro, Cutervo, Chumbivilcas, Huari y Parinacochas fueron testigos de excepción de la incontrolable violencia que se desató en el país y que cobró la vida, incluso, de un importante congresista constitucional (Basadre, 1983, IX, pp. 200-203 y 123-127). En ese contexto de activa movilización y radicalización política anterior, en enero de 1919 Lima experimentó un paro casi total, que desembocó en el decreto gubernamental que reconoció la jornada de las ocho horas896. A pesar de que la situación del país demandaba una agenda política más agresiva, que contemplara un mayor gasto social, José Pardo optó por equilibrar el presupuesto y mejorar los mecanismos tributarios897. Entonces, mientras que en la esfera pública empezó a surgir un nuevo proyecto ideológico, uno que en Nuestra Época y La Razón (Carnero Checa, 1980, pp. 135-151) planteó abiertamente la alternativa socialista para el país, desde el poder se mantuvieron las viejas políticas cautas y restrictivas del pasado. Estas no solo amenazaron a nivel económico los intereses de la clase militar, la cual, en aras de la estabilización y la reducción del gasto público, sufrió una disminución de un 7% en los rubros de sueldos y armamento, sino que fueron creando una sensación general de descontento. Hacia fines de la gestión Pardo, tanto intelectuales como clases medias y sectores trabajadores fueron tomando distancia frente a un régimen incapacitado de ponerse a tono con los nuevos tiempos (Garret, 1973, pp. 30-43). Para 1919 era cada vez más evidente que ante el agotamiento del discurso republicano, el cual ya no convencía ni a propios ni a extraños, resultaba imprescindible crear un nuevo proyecto político-ideológico. Este debía tener la consistencia suficiente para cohesionar a «una familia peruana» profundamente dividida por un violento proceso de modernización económica. Si bien es cierto que el joven socialismo urbano, con José Carlos Mariátegui a la cabeza, había abierto una tribuna pública alterna —La Razón—, con la finalidad de llevar a cabo dicha tarea (Carnero Checa, 1980, pp. 143-151), fue de las tiendas de un republicanismo conservador reinventado desde donde surgió el nuevo mito 398

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