El campo intelectual, del cual el Partido Nacional Democrático se apropió, tuvo la ventaja de hacer desaparecer casi por encanto las inocultables diferencias sociales y regionales que asolaban al país. De esta manera, Riva-Agüero y sus seguidores, al priorizar el rol de una esfera pública imaginaria, no solo rechazaron tajantemente la posibilidad de llevar a cabo una activa política de masas886, sino que obviaron —por peligrosa— la urgente tarea de descentralización política que el país demandaba887 y que fue sustituida, sin embargo, por una «descentralización intelectual» mediante la cual se proveería a las provincias de una mayor autonomía y «vida mental»888. Trasladar el discurso político del campo de las realidades concretas al de las «azules regiones del pensamiento» permitió crear un campo cultural neutro, una suerte de «República de las Letras» donde «el ignorante y el sabio, el niño y el adulto, el potentado y el proletario» acudirían «coincidiendo con el móvil de dignificarse y perfeccionarse»889. La emergencia de esta «Arcadia» moral, ajena a la realidad social y a la violencia clasista que estaba envolviendo al país, fue una continuación de las propuestas ideológicas del republicanismo civilista, principalmente en su versión educativa. Así pues, el Partido Nacional Democrático pasó por alto que el Perú de la segunda década de 1920 era una olla a presión presta a estallar, con sus violentas huelgas, sus movilizaciones callejeras y sus golpes y contragolpes. La solución al problema planteado por el Partido Nacional Democrático estuvo, en consecuencia, en manos de «los politiqueros» que Riva-Agüero y su grupo tanto despreciaron. El 28 de marzo de 1915, bajo los auspicios del presidente provisorio, coronel Oscar R. Benavides, 418 personas se reunieron en la sala de sesiones de la Cámara de Diputados. La razón de la reunión, presidida por otro militar, el general Andrés A. Cáceres, fue buscar una fórmula presidencial única, que representara a las principales fuerzas políticas del país. La Convención de los Partidos, como se denominó a dicho evento, estuvo conformada por una asamblea de cien delegados de cada uno de los principales partidos políticos del país, Civil, Liberal y Constitucional; por los senadores y diputados en ejercicio; y por todas aquellas personalidades políticas que habían desempeñado una cartera ministerial a partir de 1885890. Unos meses después de la convocatoria a la Convención, un analista político de la época subrayaba, desde su columna en la revista Perú Moderno, cómo su puesta en marcha había permitido «la supremacía 395
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