La utopía republicana

fundación del Partido Nacional Democrático, en febrero de 1915, y la Convención de los partidos políticos, en marzo de aquel mismo año, intentaron proveer de un sentido y un norte al «desaliento desolador» y a «la absoluta desorientación» que, en palabras de Belaunde, reinaban en el Perú. La crisis del modelo republicano-conservador y el alto grado de fragmentación social, producto de los acelerados cambios económicos que aquel estimuló, demandaban, sin embargo, un esfuerzo de imaginación política que ni el republicanismo teórico del Partido Nacional Democrático ni el cuestionado neocoalicionismo de civilistas, liberales y constitucionales pudieron proveer. Fue necesario, como ocurrió finalmente en 1919, que una nueva construcción ideológica sustituyera al viejo y devaluado republicanismo del pasado. Así, la Patria Nueva, creación político-ideológica que permitió, paradójicamente, la supervivencia del sistema que en apariencias confrontó, fue la solución que finalmente prevaleció. En el verano de 1915, a casi un año del golpe militar que dañó seriamente un orden político laboriosamente construido, fue fundado el Partido Nacional Democrático. En su panfleto propagandístico, El Partido del Porvenir, su comité organizador, entre los que destacaban profesores, médicos, periodistas, poetas, artistas y académicos, se autodescribía como un conjunto de «ciudadanos» que miraban la vida pública no como una profesión ventajosa, sino como un «deber severo e indispensable»873. Así, la finalidad de la agrupación era, en sus propias palabras, robustecer el concepto de patria, disciplinar la opinión pública y colaborar en la definitiva constitución de un Perú más próspero. Para lograrlo, el flamante partido convocaba «especialmente» a la «reflexiva y laboriosa» clase media, «nervio de todo el país» y a las clases populares, «base indispensable en la grandeza nacional»874. Con ellas actuando conjuntamente dentro de una política uniformizada, una que reviviera el viejo ideal ciudadano875, el país lograría fundar el sistema democrático que todos anhelaban. La copiosa correspondencia que el líder y gestor del Partido Nacional Democrático, José de la Riva-Agüero, mantuvo con diferentes personalidades provincianas (Riva-Agüero, 1992) muestra que el anhelo de una «regeneración» política no era tan solo un sentimiento capitalino. A través de la lectura de este y de otros documentos partidarios se puede colegir que la asociación comandada por el talentoso historiador y catedrático universitario sanmarquino876, además de intentar montar una 393

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