probaron ser piezas fundamentales en la campaña de movilización popular que llevó a Billinghurst al poder. No es casual, entonces, que en el contexto de renovada confianza en estrategias que no requerían una elaborada organización ni de mayores mediaciones políticas, el soporte propagandístico del billinghurismo fuera bautizado con el simbólico nombre de «Acción Popular». Era solamente del «pueblo», opinaban muchos dirigentes del Comité de Salud Pública que apoyaron a Billinghurst, de donde emanaría la moralidad política que el país había perdido857. La Prensa también se hizo presente como animadora, propulsora y difusora de la candidatura Billinghurst. Así, la campaña a favor del exalcalde limeño, que alcanzó proporciones nacionales extraordinarias, tuvo en Alberto Ulloa a uno de sus propagandistas más activos. Así pues, «la revolución de la calle» contra el salón privado tuvo el soporte de diversos sectores sociales del país. En dicho escenario, la oficina de redacción del periódico dirigido por Alberto Ulloa cumplió un papel fundamental de presión sobre el Congreso, que culminó el 24 de setiembre de 1912 con la elección de Billinghurst como Presidente de la República858. En la esfera pública, los sectores populares, acaudillados por profesionales medios que apoyaban a Billinghurst, como el caso del periodista y escritor iqueño Abraham Valdelomar, se encargaron de las tareas más complicadas de la violenta «campaña presidencial» de 1912. La toma forzada de mesas, la hostilización a punta de revólver a los rivales e instituciones gobiernistas, junto con las venganzas imprevistas por parte de «turbas» incontroladas859, demostraron, ante propios y extraños, cómo el movimiento político jefaturado por el ex alcalde de Lima, además de disponer del control absoluto de las calles, estaba reavivando la violencia política del pasado. El encumbramiento de Billinghurst no fue producto tan solo de la alianza de las frágiles clases medias y de los irreverentes y radicalizados sectores populares. Un importante sector de las élite política y económica descontenta con la política autoritaria de Leguía se unió a aquella suerte de rediviva coalición multiclasista860. Sin embargo, para algunos testigos de la época, como el «Repúblico», redactor anónimo de una de las tantas hojas sueltas que circularon por esos días en Lima, los miembros del frente antiaspillaguista constituían un «haz de fuerzas demoledoras» más no la congregación de elementos capaces de reconstruir un edificio político «arrojado a tierra»861. El anterior comentario probó ser exacto en el 390
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