La utopía republicana

popular que precedió a la sucesión presidencial de dicho año. En efecto, en la multitudinaria reunión aludida, las palabras del «ciudadano» José Castañeda, quien proponía la utilización del «paro armado» como arma de combate político contra el régimen prevaleciente, además de mostrarnos la radicalización del discurso popular urbano847, puede permitirnos atisbar la aparición de nuevos actores sociales ávidos de participar en la vida política peruana. Aquellos, marginados por el control que el gobierno ejerció sobre la maquinaria electoral, buscaron desempeñar un papel activo en la defensa de sus derechos848. Las «legiones del trabajo honrado» a las que dirigió Castañeda su discurso y que formaron parte de los casi treinta clubes políticos que, como el «Centro Obrero Guillermo Billinghurst» y «Artesanos Billinghurst 1», impulsaron a nivel nacional la candidatura del popular «Pan Grande»849, fueron el producto no previsto del violento proceso de urbanización y proletarización que el modelo económico civilista provocó en las principales ciudades del país. Las consecuencias se sintieron con mayor intensidad en la capital de la república. A partir de la primera década del siglo XX, múltiples y diversos rostros populares emergieron en el panorama de una Lima que daba sus primeros pasos hacia profundas e imprevisibles transformaciones. Así, en el contexto del proceso de modernización impuesto por la política económica civilista, decenas de cuadrillas de obreros asalariados fueron un lugar común a lo largo de los nuevos caminos y de los diversos proyectos de construcción vial propiciados por el gobierno y el sector privado. Fueron, asimismo, un lugar común los atestados tranvías mañaneros, los cuales eran encargados de transportar a los centenares de obreros que laboraban diariamente en las diversas fábricas capitalinas850. Durante el viaje, aquellos se confundían con el contingente de carpinteros, zapateros, pintores, lavanderas, costureras y electricistas que se movilizaban, también, a sus respectivos talleres o a realizar trabajos por cuenta propia. En las calles de Lima, encontrar vendedores ambulantes y trabajadores eventuales de todo tipo, como fruteros, botelleros, vendedores de lotería, lustradores de zapatos, era parte del paisaje diario de una ciudad que estaba creciendo más rápido de lo esperado (Stein, 1986, pp. 13-52). En 1907, un estudio sobre la vida de las clases populares en Lima arrojó cifras preocupantes. En efecto, para ese año un análisis sobre la situación habitacional urbana puso de manifiesto como un 66.7% de los habitantes de la capital vivían en viviendas sobrepobladas e insuficientes. La precariedad de la infraestructura urbana, que provocó el 387

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