La utopía republicana

El episodio congresal de 1911 puso de manifiesto que ya algunos meses antes de la sucesión presidencial de 1912, la clase política peruana estaba profundamente dividida. Dicha división no solo colaboró en activar las adormecidas prácticas violentistas del pasado, sino que permitió que nuevos actores, hasta ese momento conscientemente marginados, ingresaran súbitamente en el complejo escenario de la política nacional. LOS MIL ROSTROS DE LA PLEBE El 24 de mayo de 1912, en medio de la agitación plebiscitaria nacional que llevó al demócrata Guillermo Billinghurst a la primera magistratura del país, un editorial del suplemento de La República, semanario político que representaba los intereses de una facción del civilismo, observó con preocupación cómo, en vísperas de la transmisión presidencial programada para ese año, solo «la anarquía» y la disociación social reinaban en el Perú. La situación anterior, producto de la profunda división que agobiaba a la clase política peruana, además de estar corroyendo los débiles resortes que mantenían la unidad nacional, estaba colaborando a que el «pánico, el hambre, los atropellos y los asaltos personales» fueran un lugar común en las violentas e intransitables calles limeñas. En palabras del editorialista «republicano», la manipulación política del «candor» del pueblo peruano estaba empujando al país al abismo841. Sin embargo, lo que no se mencionaba en el artículo aludido era que aquel «candoroso pueblo», del que se hablaba con un mal disimulado paternalismo, logró exhibir, durante las «Jornadas Cívicas» de 1912842, la fuerza suficiente para presionar al tambaleante sistema político prevaleciente, logrando concretar sus propias demandas. Así, con el trasfondo escenográfico de la crisis de sucesión del modelo político, republicano-conservador, nuevos actores sociales emergieron para asumir un papel activo en el diseño de la política nacional. Los hijos menores, y en algunos casos no reconocidos de la «República Aristocrática», no solo se apropiaron del discurso republicano radical que La Prensa se encargó de propalar a nivel popular, sino que dejaron sentir intensamente su voz y su presencia durante varios meses en los escenarios públicos peruanos. En las elecciones presidenciales de 1912 aconteció una situación sin precedentes en el Perú. En efecto, en un movimiento popular espontáneo que adquirió dimensiones nacionales, un sector importante de artesanos y trabajadores, limeños y provincianos, ejercieron una intensa presión sobre el Congreso para que el candidato de sus preferencias, el exalcalde limeño 385

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