secuestro del presidente Augusto B. Leguía. Este, al negarse a firmar su renuncia a la primera magistratura de la república, fue trasladado a punta de pistola por las principales calles de la capital. En el dramático paseo, que duró más de una hora, y en el que la presencia de la fuerza pública brilló por su ausencia, Leguía fue llevado al monumento de Simón Bolívar donde se le exigió, por segunda vez, la firma de su dimisión. En aquel lugar histórico, el primer mandatario volvió a expresar tercamente su negativa a hacerlo. Finalmente, después de casi dos horas de agonía, un piquete de soldados liberó a tiros al presidente, quien «con el cabello desgreñado, las ropas en desorden y manchado de sangre», fue trasladado a caballo al Palacio de Gobierno, en medio de «aclamaciones»838. En el lado central del óleo que Daniel Hernández pintó con motivo del incidente del 29 de mayo se puede observar a un Leguía ecuánime y sereno. A su alrededor hay varias decenas de miembros del Partido Demócrata y del «pueblo», los cuales se muestran blandiendo amenazadoramente palos, lampas y fusiles contra la figura presidencial. Sin embargo, a pesar del peligro que dichas amenazas y hostilidades pudieron significar contra el sistema que Leguía representó y el cual logró mantener con el apoyo de un grupo de soldados fieles, aquel se resistió públicamente a ceder a las presiones que intentaban alejarlo del poder. Así, en la suerte de representación teatral al aire libre que fue la insurrección del 29 de mayo no solo salió a relucir la capacidad de supervivencia de un sistema que todavía no había ensayado todas las armas a su alcance para sortear sus propias contradicciones, sino que se hizo evidente que aquel también tenía la presencia suficiente para batirse cara a cara con sus oponentes en la poco transitada esfera pública. Esta última no fue, sin embargo, aquella de la discusión y el intercambio de ideas propuesta desde las páginas de La Prensa por Ulloa, sino la del teatro, la representación y la sorda violencia, ensayada exitosamente, unas décadas antes, por Ramón Castilla. Luego de la insurrección del 29 de mayo, el gobierno endureció su política contra la oposición. La misma noche de la frustrada sublevación demócrata, el local de La Prensa fue allanado, sus talleres fueron empastelados, su imprenta clausurada y luego se procedió al encarcelamiento de todo su personal. Alberto Ulloa, su combativo director, permaneció preso hasta mediados de abril de 1910, en el Panóptico de Lima, junto con los principales dirigentes de los partidos Liberal y Demócrata. El daño que las fuerzas represivas ocasionaron a La Prensa 382
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