La utopía republicana

de la «República Aristocrática», utilizaron el tradicional discurso cívicorepublicano con la finalidad de presionar por demandas a las que creían tener derecho825. El activismo político de Ulloa no era una mera casualidad, pues durante su prolífica vida (1862-1919), el fundador y organizador del diario La Prensa experimentó la persistente sombra de los poderosos. Si bien Ulloa recibió una educación esmerada que le permitió acceder a la vida universitaria, para él, los años de la posguerra estuvieron marcados por «la pobreza y el esfuerzo». Así, ante su incapacidad de consolidarse económicamente, inició un negocio de vinos y aguardientes que fracasó; el futuro periodista se vio obligado a emplearse en una importante negociación agrícola de propiedad de un rico hacendado algodonero. Luego del triunfo de la revolución cacerista en 1886, otro hombre poderoso, el civilista Isaac Alzamora, le tendió una mano para que fuera nombrado secretario de segunda clase de la delegación del Perú en el Ecuador. Ahí, Ulloa empezó la carrera pública que lo catapultaría, años después, hasta las páginas de La Prensa. Durante los años que ejerció la carrera diplomática, el joven Ulloa no solo debió experimentar los constantes bamboleos de la política nacional, sino la vulnerabilidad de un cargo que dependía de las directivas del gobierno de turno. Entre 1893-1896 ocupó el cargo de embajador en Argentina y Uruguay. En 1896 fue primer jefe del Archivo de Límites y asesor de varios ministros en la Cancillería de la República. En esta, además de emprender aquella titánica tarea de reorganización, Ulloa fue encargado de escribir los discursos que cada ministro de turno firmaba como propios. En 1901, fue enviado como embajador a Colombia y aunque ahí realizó una prolífica obra de afianzamiento diplomático entre el Perú y su vecino norteño, la Cancillería peruana no vio con buenos ojos la estrecha relación que estableció con los liberales colombianos. Probablemente, este fue uno de los factores que determinó que en 1903 el diplomático fuera cambiado nuevamente al Perú. En ese mismo año, buscando una autonomía que durante años le había sido negada, decidió hacerse cargo del diario El Tiempo, que se fusionaría años después con La Prensa (Ulloa, 1965, XVIII-XXI; Paz Soldán, 1917, p. 49). Las necesidades de independencia del energético periodista limeño coincidieron con la existencia de un mercado dispuesto a absorber la información que aquel y su equipo periodístico se encargarían de proveerle. 377

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