guardó un patrón de comportamiento similar. En efecto, Barreda fue alcalde de Lima en 1894, senador por Lima algunos años después, presidente del Senado y director de la Sociedad de Beneficencia de Lima (Paz Soldán, 1917, pp. 51-52). El aire familiar de «los 24 amigos» no guardaba relación tan solo con la similitud de los comportamientos sociales, políticos y económicos exhibidos por varios de sus miembros. El grupo de los viernes evidenció interesantes rasgos endogámicos que lo hicieron el blanco de las críticas de los observadores foráneos. En efecto, la elitización de la actividad política que se manifestó en la emergencia de un poderoso clan que compartía una conciencia de clase colectiva y una experiencia cultural, nutrida por frecuentes viajes al extranjero, un consumo permanente de artefactos culturales importados y una convivencia cotidiana en clubes y balnearios exclusivos, se hizo más evidente debido a las características endogámicas que aquel grupo exhibió. Así, a diferencia de lo acontecido en los años aurorales del civilismo histórico, el cual conectó a las élites económicas e intelectuales del país con los sectores medios, profesionales y artesanos, el grupo de «los 24 amigos», cuyos miembros ejercieron tareas políticas importantes durante el segundo civilismo, apenas si logró incorporar a otros grupos emergentes urbanos. Si bien es cierto que el chiclayano Augusto B. Leguía, un «forastero» provinciano en la jungla de los vínculos de parentesco capitalino, fue aceptado por el grupo del Club Nacional, no debemos olvidar que el futuro presidente de la República ya se había conectado, gracias a su matrimonio, con una prestigiosa y respetable familia peruana, los Swayne y Mariátegui, y que exhibía, incluso, ciertos blasones coloniales propios (Paz Soldán, 1917, pp. 248-249). La privatización de la vida política experimentada en el país durante el temprano siglo XX fue de la mano con el familiarismo que permeó a toda la sociedad peruana. En la medida que la política adquirió nuevas características y las vías de participación pública dejaron de tener un peso específico en la toma de decisiones, diferentes sectores de la sociedad peruana se refugiaron en la siempre tradicional y oportuna esfera familiar819. Debido a dicha situación, Joaquín Capelo, un estudioso de la sociedad limeña, no solo aludía en su Sociología de Lima, escrita hacia principios del siglo XX, a la ausencia de lazos comunitarios que se daba entre los habitantes de la capital de la república, sino que hacía hincapié en señalar el rol fundamental que tenía la familia, especialmente la extendida 373
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