La utopía republicana

militar, a quien López de Romaña extendió la rama de la paz el mismo día de su llegada, volvía, básicamente, para colaborar en el funcionamiento de los gobiernos civiles. De esa manera, el reinventado aliado parlamentario pretendió convertir a su partido en un elemento político importante dentro de las coaliciones electorales que marcarían el temprano siglo XX. En un discurso conciliador, que contradijo su previo oposicionismo al gobierno, el combatiente de la Breña, quien aún conservaba para muchos el aura heroica del pasado801, señaló que la «virtud ciudadana» consistía en rodear a los gobiernos que tenían la intención de cumplir con su deber (Miró Quesada, 1961, pp. 311-312). La llegada de Cáceres al Perú colaboró en el proceso de reorganización del Partido Constitucional y en la forja de un nuevo bloque de poder al interior del espectro republicano. En ese contexto, la «Cadena Constitucional» limeña se propuso la tarea de cohesionar a los fragmentados y debilitados núcleos políticos caceristas802, y «robustecer» «la causa del partido» a nivel nacional. Así, desde la ciudad costeña de Chincha hasta el pueblo serrano de Cangallo en Ayacucho, los miembros del partido comandado por Cáceres se «pusieron de pie» con la finalidad de defender «los fines patrióticos de antes»803. Sin embargo, la labor organizativa de los constitucionales no fue tarea fácil. Antes de que Cáceres lograra un control absoluto sobre su dividida asociación y que pudiera consumarse un pacto político con el civilismo, debieron ser neutralizadas las tendencias federalistas y anticivilistas, como la representada por el piurano Fernando Seminario804. Asimismo, tuvo que ser aquietado el resquemor y la desconfianza que, frente al otrora traidor civilismo, se percibió en tiendas constitucionales. Al respecto, un partidario cajamarquino definió en un par de frases la resistencia provinciana al acuerdo. En efecto, para este, la alianza con los civiles traería solo la «humillación» a un partido que había sabido exhibir su «fuerza, poder y prestigio» en toda «la República»805. El pacto político entre el Partido Constitucional y el Partido Civil posibilitó el encumbramiento en la Presidencia de la República de un fundador del civilismo histórico, Manuel Candamo. Así, un complicado reparto de cuotas de poder, en la fórmula presidencial y en el Congreso, consolidó la resucitada alianza del período de la posguerra806. El acercamiento del civilismo a los constitucionales, quienes tenían una base de apoyo entre sectores militares y medios de Lima y provincias, significó un nuevo acomodo en el bloque de poder807. En efecto, la 365

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