La utopía republicana

republicano. En efecto, luego de que el pacto sucesorio se consumó, Durand optó por la salida revolucionaria, Billinghurst se refugió en el mundo de los negocios y los caceristas entraron en un compás de espera. El candidato de transición resultó siendo un personaje menor en el mundo de la convulsionada política limeña. El arequipeño Eduardo López de Romaña, quien gobernó el país entre 1899-1903, calzó perfectamente con el ideal de gobernante con el que el civilismo buscó emparentarse. En efecto, el exsenador por Arequipa, ministro de Fomento en el gobierno de Piérola y candidato a la primera magistratura por el Centro Republicano, además de haber realizado estudios de ingeniería en una prestigiosa universidad de Londres, King’s College, fue la némesis del caudillismo, del exceso y de la violencia que tiñó gran parte de la vida política del país (Basadre, 1983, VIII, pp. 15, 93-94). La mesura y ausencia del componente «popular» en la candidatura de Romaña no era una mera casualidad. Su llegada al poder no solo encarnó el inicio de un proceso de despersonalización de la maquinaria estatal y de consolidación de tendencias moderadas dentro del republicanismo triunfante, sino la puesta en marcha de un ordenamiento político en el cual las decisiones electorales provenían de arriba hacia abajo. En pocas palabras, el civilismo volvía a ensayar el fracasado modelo de republicanismo conservador que los desaciertos de Cáceres le habían impedido consolidar. Era por la evidente resurrección del viejo modelo político autoritario que la aparición de Cáceres en el escenario político nacional no resultó fuera de lugar. El viejo aliado militar de antaño volvió a ser, en calidad de fiel de la balanza, una pieza fundamental en el desplazamiento de los demócratas del poder y en el rediseño de la política nacional. Las primeras escaramuzas entre civilistas y demócratas se produjeron luego de la inauguración presidencial del candidato de la Coalición. El arma de combate político de los demócratas fue el ataque sistemático contra los gabinetes ministeriales de López de Romaña. El «canibalismo de las cámaras», como un analista político lo denominó, fue la estrategia de la oposición para ejercer el poder sobre un Ejecutivo que se iba alejando de las directivas de sus mentores795. López de Romaña, pieza de un ajedrez político continuista ideado por Piérola, evidenció una autonomía que los demócratas no previeron. El punto de inflexión de la alianza civil-demócrata y de la participación de estos últimos en las decisiones del Ejecutivo fue el encumbramiento y posterior caída, entre 1900 y 1901, del gabinete Almenara796. A partir de este suceso, además de 363

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