La utopía republicana

neorrepublicanismo civilista del siglo XX rompió con el término con el cual se había identificado tradicionalmente: la democracia. La imposibilidad del civilismo de realizar una transformación política interna basada en la movilización del electorado, la intensa fragmentación política que comenzó a exhibirse entre sus núcleos y la presencia de importantes sectores populares urbanos prestos a ser movilizados fueron el detonante de un nuevo rebrote republicano radical. En 1912, un disidente del bloque coalicionista, Guillermo Billinghurst, sacó al civilismo de su atonía e intentó poner en práctica las estrategias movilizadoras del pasado. En las «Jornadas Cívicas» de 1912, Billinghurst y los sectores medios emergentes, además de revivir la recreación de la esfera pública y la movilización popular como armas de combate político, reavivaron un republicanismo radical que conectó con las masas y que atemorizó a las élites propietarias. El golpe militar orquestado por los civiles mostró la inviabilidad de una táctica política que, debido a la aparición de nuevas corrientes ideológicas, anarquismo y socialismo, se fue volviendo cada vez más peligrosa e inviable. Luego del golpe militar contra Billinghurst se barajaron una serie de alternativas para revivir un sistema político que a todas luces daba muestras de un virtual agotamiento. Así, algunas de las estrategias que se consideraron fueron el fracasado ensayo del Partido NacionalDemocrático, que pretendió recrear la prédica cívico-republicana del pasado, y la Convención de Partidos, que articuló un frente pluripartidario para la sucesión presidencial de 1915. Sin embargo, la rearticulación de un nuevo proyecto político-ideológico capaz de incorporar a las emergentes clases medias, neutralizando, al mismo tiempo, la amenaza de los cada vez más organizados sectores populares, retomó la tradicional alianza cívicomilitar de la posguerra. En efecto, fue un disidente civilista, Augusto B. Leguía, en colaboración con el general Andrés A. Cáceres, quién, a través de la «Patria Nueva», reformuló el viejo proyecto autoritario por todos conocido. LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA En marzo de 1903, a escasos meses de las elecciones presidenciales que volvieron a encumbrar después de casi treinta años al Partido Civil en el poder, unos interesantes volantes políticos circularon profusamente por las calles de Lima. En aquellos, además de evidenciarse la tradicional guerra de palabras, común a la mayoría de campañas electorales nacionales, se 360

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