La utopía republicana

imperiosa necesidad de detener la estrepitosa caída de instituciones, leyes, garantías, riquezas y esperanzas— las metas fundamentales del Partido Nacional-Democrático788. Resulta probable pensar que los ideales cohesionadores de los simpatizantes de dicho grupo político nacieron bajo el estruendo de los dramáticos acontecimientos políticos de 1914. En el epílogo de dichos sucesos, un expresidente derrocado por un golpe cívicomilitar, Guillermo Billinghurst, subrayó, en su carta de despedida a la nación, que la raíz del sempiterno problema político por el que atravesaba el Perú era la ausencia de los actores principales de la gesta republicana: los ciudadanos789. Así pues, solamente creándolos, la dirigencia peruana podría reactivar a un cuerpo político que mostraba preocupantes síntomas de descomposición y de agotamiento. Este capítulo analizará el lento proceso de deterioro y desintegración política que vivió el país durante el período denominado de la «República Aristocrática», caracterizado por la hegemonización de las fuerzas civiles en el gobierno. Sin duda, su estudio puede aproximarnos a la secuencia de hechos que llevaron a la crisis y posterior rearticulación del proyecto republicano-conservador en 1919. La fuerte presencia en el aparato estatal del Partido Civil, a partir de la silenciosa revolución política que culminó en 1904, junto con la neutralización de su más poderoso rival —el Partido Demócrata—, sentó las bases para la monopolización política civilista y la subsecuente inestabilidad social que dominó al Perú durante las primeras décadas del siglo XX. El predominio civilista y la eliminación de las tendencias populares defendidas por los demócratas y los liberales significaron el triunfo de un republicanismo conservador, que guardó las formas simbólicas y legalistas del proyecto republicano inicial, pero se alejó de la prédica ciudadana con la que el civilismo histórico había revolucionado a la política peruana en 1871.El encumbramiento civilista en el poder provocó un interesante proceso de reversión de las tendencias cívico-republicanas del pasado. La llegada del segundo civilismo al poder dio inicio, paradójicamente, a un proceso de privatización de los espacios políticos. Lo anterior fue posible debido a la Ley Electoral de 1896, que restringió sensiblemente la participación ciudadana en las elecciones, y a la neutralización o cooptación sistemática de todas las fuerzas políticas adversas del poder hegemónico. En tal escenario, el civilismo pasó a ser un movimiento de élite, semejante a una tertulia de amigos, lo que lo hizo ineficaz para la reforma política que requería la sociedad peruana. Así, el 359

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