La utopía republicana

negativo para «la nación». Así, entre los escombros de un edificio político, laboriosamente construido, y del cual no había quedado «piedra sobre piedra», Ulloa puso de manifiesto las contradicciones sociales, políticas y económicas que emergieron luego de la puesta en marcha del modelo coalicionista. En efecto, las «injustas y brutales» imposiciones electorales, la pérdida de parte del territorio oriental del país, el agravamiento del debate fronterizo con Chile, el aumento de la imposición tributaria, el encarecimiento de la subsistencia, la desorganización de la hacienda pública, el derroche fiscal, la prostitución del sufragio y el decaimiento de las instituciones nacionales —comenzando por el Parlamento— fueron algunos de los problemas que públicamente subrayó el director del diario La Prensa, con motivo de la conmemoración de la traicionada Revolución de 1895785. El blanco principal de las críticas al modelo político que sucedió a la Revolución de 1895 se centró en su incapacidad de crear vínculos cohesionadores capaces de evitar la ruptura del tejido social del país. Importantes intelectuales de la época —como Javier Prado, Alejandro Deústua, Alberto Ulloa y el mismo Víctor Andrés Belaunde— coincidieron en señalar el profundo abismo existente entre los impresionantes avances económicos exhibidos durante los años posteriores al gobierno de Piérola y la «vida moral» del país. En pocas palabras, los escritos contemporáneos aludieron claramente al peligro que conllevaban para el bien de «la colectividad nacional» la ausencia de ideales, de reglas de conducta, y de un credo político y social capaz de detener el creciente proceso de polarización social que se vivía786. En tal contexto, el catedrático sanmarquino Javier Prado subrayó la necesidad de huir del «peligroso espejismo» de dejar librada la suerte política y moral del Perú a la peligrosa carta de su prosperidad económica787. La «Declaración de Principios del Partido Nacional Democrático», firmada por un grupo de limeños y provincianos en el verano de 1915, fue la manera a través de la cual importantes grupos de intelectuales urbanos buscaron confrontar el preocupante proceso de crisis política anteriormente señalada. Para los miembros de la joven asociación, liderada por el historiador José de la Riva-Agüero, en el país existía una urgente necesidad de constituir «nuevos núcleos de opinión» que reemplazaran con una «comunidad de ideas y propósitos perdurables» a las «superficiales» afinidades prevalecientes. El despertar y el concentrar las fuerzas de los numerosos «ciudadanos» sumidos en el marasmo eran —junto a la 358

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