La utopía republicana

desde Cieneguilla, amplio fundo situado al sur de la capital, dos mil hombres de infantería organizados en tres cuerpos: el de vanguardia, al mando del huanuqueño Augusto Durand; el del centro, a órdenes del «Delegado Nacional» Nicolás de Piérola; y el de retaguardia, bajo el comando del cañetano Felipe Oré. Los guerrilleros cabalgaron toda la noche, llegando a su destino final a través de la antigua portada de Cocharcas, en la madrugada del 17 de marzo de 1895 (Ulloa, 1949, p. 341). La toma de Lima no fue tarea fácil. Para sacar al general Cáceres de Palacio de Gobierno, donde se había apertrechado, dos mil muertos debieron de regar con su sangre las empedradas calles de la ciudad. En efecto, el intermitente combate peleado el 17 y 18 de marzo, entre cuatro mil soldados gobiernistas y dos mil montoneros coalicionistas, además de poner de manifiesto la desigualdad numérica y de armamento entre los contenedores, exhibió altísimos niveles de mortandad y de violencia752. Lo anterior se debió no solo a las características del combate, a cuerpo abierto y con modernas armas de precisión —las torres de San Pedro y la Merced, a escasos metros del Palacio de Gobierno, estaban resguardadas, por ejemplo, por potentes ametralladoras—, sino porque toda la ciudad fue convertida en un inmenso campo de batalla. El 19 de marzo, en medio de una tregua solicitada por el Cuerpo Diplomático y el Delegado Apostólico, la ciudad de Lima ofrecía un aspecto macabro. Centenares de cadáveres descompuestos rodeados de charcos de sangre. multitud de caballos muertos «infestando» el aire con sus miasmas. madres y esposas vagando por la ciudad buscando reconocer a sus seres queridos entre los fallecidos. decenas de civiles damnificados en sus propiedades o asesinados por las balas y cañonazos que cruzaban la ciudad753 conformaron el panorama desolador que quedó grabado, por muchos años, en el imaginario colectivo limeño. Sin embargo, más allá de los efectos visuales de un combate que desde sus inicios prometía altísimas dosis de violencia debido al derrumbe estrepitoso del «Estado Cacerista», la ruptura de los mecanismos de control social se constituyó en un quebradero de cabeza para los políticos capitalinos. El desborde social que acompañó la caída del «Estado Cacerista» guardó similitud con el proceso de desorden urbano que preludió la debacle del orden castillista en 1872 y la del orden nacional-civilista en el verano de 1880754. Los robos, destrozos a la propiedad, saqueos, e incluso «vendettas» privadas por parte de una turba descontrolada, proveyeron el 334

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