punto de retardar peligrosamente el golpe final sobre el corazón del orden cacerista. Por esta razón fue necesario articular las energías nacionales dispersas en un frente unificador y definir claramente los objetivos. En octubre de 1894, la dirección del comando montonero recayó en manos de Nicolás Valcárcel y el vicepresidente derrocado, Pedro Alejandrino del Solar, se embarcó desde Chile rumbo al sur del Perú con la finalidad de llevar a cabo el asalto final sobre el nervio central del régimen744. El objetivo fundamental del reunificado movimiento coalicionista fue la toma de la capital de la república. Así, al igual que en las revoluciones de 1855, 1865 y 1867, Lima, «centro de los recursos del usurpador», se convirtió en el eje de convergencia de las fuerzas rebeldes del norte, centro y sur del país. LA CONVERGENCIA DE LAS MONTONERAS PROVINCIANAS EN LA TOMA DE LIMA En un significativo documento redactado por Piérola en el campamento rebelde de Chincha, el 4 de noviembre de 1894, el líder de la Coalición observó con preocupación cómo la «espontaneidad» del movimiento coalicionista le había robado a este una dirección y una acción combinada. La situación anterior, además de prolongar innecesariamente la lucha por la «soberanía nacional», privó a las múltiples y diversas montoneras provincianas de una personalidad y un accionar común745. Después de analizar detenidamente la situación política del dramático y violento 1894 en la cual la persecución de los «ciudadanos», el incremento geométrico de la población de las cárceles, el terror a la prensa, el bloqueo en las comunicaciones, la violación de la correspondencia y la desaparición de las garantías individuales ponían de manifiesto el inocultable autoritarismo militar del gobierno de Cáceres; Piérola evidenció la intensa polarización que se vivía en el país. Así, en la decisiva «conflagración» republicana de 1894 existían dos bloques claramente definidos: de un lado, «la nación entera» luchando por recuperar su «dignidad ultrajada», y del otro, «un soldado» que nada respetaba746. Esta nación que, en palabras de Piérola, luchaba, sin distinción de clases ni opiniones políticas, por «la necesidad de su existencia», no contaba, paradójicamente, con una autoridad legítima que la representara. Era por la preocupante situación anterior que el líder de la Coalición creyó que era su deber ponerse a la cabeza de un «Gobierno Provisional», capaz de proveer a la «nación» no solo de una autoridad adecuada, capaz de representarla y guiarla, sino que una «vida nueva». La promesa de la «regeneración y de 329
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