La utopía republicana

coalicionista. Incluso algunos aliados activaron irresueltos conflictos locales. En Casma, por ejemplo, la revuelta surgió, inicialmente, en contra de los abusos del subprefecto (Obín, 1901, p. 50). La propaganda que ejercieron curas y políticos provincianos con la finalidad de azuzar la resistencia contra la autoridad gubernativa fue fundamental para abrir el camino a la rebelión. Ese fue el caso del activista y exgendarme civilista Ángel Castro, en Tacna, y el del diputado suplente piurano, Jacinto Seminario, a quien se le acusó de ser «uno de los mayores instigadores para el trastorno del orden»739. En la doctrina de Lampean, provincia de Canta, el párroco Miguel Cornejo lanzó públicamente «gritos subversivos y vociferaciones» contra el gobierno740. En la provincia de Dos de Mayo, en el departamento de Huánuco, la resistencia contra el gobierno exhibió las características de una rebelión antifiscal. Lo anterior se debió a que el sacerdote Evaristo Flores, desde el púlpito y otros lugares públicos, hizo sermones y «pláticas subversivas» en los cuales subrayó lo anticonstitucional y arbitrario de las contribuciones que se pagaban al gobierno741. En Moquegua, cuya rebelión mostró tintes municipalistas con una evidente búsqueda de autonomía local, la montonera tuvo el apoyo de importantes empleados de la alcaldía de la ciudad, entre ellos los miembros del clan civilista de los Zapata742. De abril a noviembre de 1894 la montonera coalicionista se constituyó en el elemento político fundamental para la desestabilización del orden cacerista. Este, a pesar de desmerecer públicamente a los rebeldes, se vio obligado a enviar a numerosos contingentes militares al norte, centro y sur del país para repelerlos. La puesta en marcha de las tareas represivas, que día a día se fueron volviendo más radicales, determinó la detención de centenares de presos políticos que abarrotaban la cárcel de Taquile en Puno y la Casa-Mata del Callao743. La ocupación temporal por parte de las montoneras de ciudades importantes como Huánuco, La Libertad, Cajamarca y finalmente Arequipa, en enero de 1895, significó una humillación pública para el altivo líder de la Resistencia. Los gastos que la lucha contra las fuerzas rebeldes le reportó al erario nacional minaron las bases materiales de la administración cacerista. Sin embargo, a pesar de los importantes golpes dados contra la administración, muchos de ellos más simbólicos que reales, para noviembre de 1894 la Coalición no había logrado cumplir con su objetivo fundamental: derrocar al «usurpador» y «salvar el honor de la República». Lo fragmentado de las acciones montoneras y lo inconexo de sus objetivos fue debilitándolas hasta el 328

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