21 de agosto de 1894, a escasos días de la juramentación presidencia de Cáceres, además de hacer hincapié en la «teoría de la usurpación», especia que los coalicionistas manejaron eficientemente con la finalidad de legitimizarse (Obín, 1901, pp. 42 y 43), exhibió claros nexos con la ideología republicana temprana698. El líder regional Durand, hacendado cocalero con estudios doctorales en las facultades de Letras, Ciencias Políticas y Jurisprudencia del Convictorio de San Carlos, e importante figura política provinciana, se levantó en armas el 18 de agosto de 1894. para apoyar a la «Coalición»699. En su proclama a los «conciudadanos» de los departamentos del centro, el posterior reorganizador del Partido Liberal no solo logró apelar, para avalar su accionar político, al tradicional argumento escolástico de que la tiranía justificaba la rebelión de «los pueblos» contra «los caprichos de un déspota», sino que invistió al «Congreso Constitucional» con el manto de legitimidad necesaria para acaudillar el movimiento regional que Durand se encargó de organizar en la sierra central del país (Obín, 1901, p. 42)700. La rebelión armada que se inició luego del fallecimiento de Morales Bermúdez, y que adquirió dimensiones incontrolables cuando Cáceres asumió el mando supremo, significó la respuesta de las regiones, comandada por el Congreso y los partidos políticos, contra la tiranía del Ejecutivo. Es plausible pensar, aunque no hay trabajos específicos sobre el tema, que el fortalecimiento y emergencia de los poderes regionales, evidenciados en su apoyo a Piérola, guardó estrecha relación con la reactivación de las Juntas Departamentales por parte de la administración cacerista701. Aquellas, al lograr aglutinar a los fragmentados grupos civiles provincianos, resultaron fundamentales en la confrontación nacional con las autoridades políticas gobiernistas. Los meses posteriores a la muerte de Morales Bermúdez fueron de gran actividad política. Sin embargo, en la medida que la maquinaria militar gobiernista entró en un proceso de autoperpetuación, claramente ofensiva contra los núcleos congresales y la prensa702, los argumentos racionales cedieron paso al poder de las armas. Los interlocutores de este nuevo y violento diálogo contra un Ejecutivo reacio a ceder su poder fueron las montoneras coalicionistas; sus líderes, importantes miembros del Congreso y de los partidos políticos; sus vanguardias, jefes políticos regionales adversos al régimen militar; su campo de acción, una buena parte del territorio nacional; su consigna, derrotar a las maquinarias gobiernistas 319
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