La utopía republicana

La decisión claramente autoritaria de Cáceres de preservar el continuismo de la maquinaria militar, el cual legitimizó la experiencia política del orden cacerista como una ventaja frente a sus adversarios (Obín, 1901, p. 40)695, rindió sus codiciados frutos. El 11 de agosto de 1894, luego de unas violentas elecciones en las cuales el intervencionismo del gobierno y el abstencionismo forzado de la oposición se hicieron muy evidentes696, Cáceres fue elegido, una vez más, presidente de la República. Nuevamente, como en 1886 y 1890, el Ejército asumió el control del Ejecutivo. Sin embargo, para la élite política civil, mucha agua había pasado debajo del puente de las frustraciones. A partir de mayo de 1894, los miembros de la «coalición de papel»697, como Cáceres y sus adeptos bautizaron irónicamente al variopinto bloque pluripartidario civil que los confrontó, mostró la clara disposición de luchar abiertamente contra el poderoso aparato militar que, una vez más, los había desbordado. ABAJO EL TIRANO La carta credencial del 15 de mayo de 1894, enviada por Nicolás de Piérola, jefe de la Coalición y líder del Partido Demócrata, al abogado Augusto Durand, mediante la cual lo nombraba jefe político militar del departamento de Huánuco, con poder para nombrar prefectos y subprefectos y de organizar batallones de guardias nacionales en la zona bajo su control, puede darnos cuenta de cómo la «coalición de papel» logró pasar de las palabras a los hechos. En efecto, en la correspondencia de Piérola a Durand, un mes después del enmascarado golpe de Estado cacerista, el jefe político de la «Coalición», además de hacer efectivo el nombramiento de su delegado provinciano y tomar algunas provisiones en cuanto a las acciones a seguir contra el «gobierno usurpador», justificó el levantamiento armado que se iniciaba debido a la conducta anticonstitucional del general Cáceres. Este, al promover abiertamente el alejamiento de Del Solar de la Presidencia de la República, gobernando detrás de la figura de su incondicional, Justiniano Borgoño, había «rasgado la Constitución de la República» (Obín, 1901, p. 41). Así, Cáceres, en su desesperación por asegurar el continuismo militar, proveyó a los miembros de la Coalición de los elementos de legitimidad simbólica para encabezar un movimiento político contra «la tiranía» de su régimen. El discurso constitucionalista del caudillo y vocero de la Coalición, Nicolás de Piérola, tuvo eco en las diferentes regiones del país. La proclama revolucionaria emitida por Augusto Durand en Huánuco, el 318

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