asimismo, que en las «Doctrinas Demócratas» Piérola depositó la importancia del trabajo y de la «fuerza productora» en el diseño de la política cívico-republicana. Lo anterior, junto a sus argumentos favorables al asociacionismo de las fuerzas cívicas del país, mostró enormes coincidencias con los planteamientos que, respecto a los mismos temas, fueron elaborados por el primer civilismo680. De igual manera guardaron interesantes coincidencias las propuestas demócratas de articular a importantes sectores de la sociedad urbana dentro de un frente policlasista con la finalidad de llevar a cabo un proyecto político nacional a largo plazo681. Es preciso anotar que en este se hizo evidente una imprescindible jerarquía en relación con los roles y las tareas de sus partes constitutivas. Así, en esta especie de «república del mérito», vislumbrada por Piérola y sus partidarios, las diferencias entre ciudadanos partieron, básicamente, de su posición frente al capital simbólico del conocimiento682. Lo anterior mostraba cierto emparentamiento, tanto con los civilistas como un entroncamiento histórico con la ideología de la «aristocracia del saber» esbozada durante los años del orden castillista por Bartolomé Herrera683. En la Memoria que Piérola leyó ante la Asamblea Nacional de Delegados Departamentales, y que se constituyó en una de los más importantes documentos partidarios contra la manipulación gobiernista de las elecciones de 1890, la presentación de los viejos conceptos políticos de ciudadanía y participación adquirió los niveles de una elaborada legitimación histórica. Así, Piérola puso de manifiesto que la «causa generadora del mal» que había aquejado al país era la carencia de ciudadanos. El régimen colonial, con una metrópoli distante, no podía darlos y, a pesar de los intentos, el régimen independiente de setenta años no había logrado formarlos. De esta manera, Piérola, al retomar el viejo tema de la ciudadanía como necesidad histórica ineludible, incorporó a su partido en una respetada e inconclusa tradición republicana, como lo habían hecho antes los ideólogos del Partido Civil 684. Los demócratas, al igual que en el pasado los civilistas, se autorrepresentaron como herederos legítimos y ejecutores de un ideal inacabado685. Así pues, los seguidores de Piérola se percibieron, al igual que sus antiguos enemigos, no solo como inauguradores de tiempos nuevos, sino como piezas fundamentales en el proceso de regeneración de una «república mutilada»686. La resurrección del republicanismo democratizante no se circunscribió a la apropiación de la vieja ideología cívica que cíclicamente reaparecía en el país. Durante el proceso electoral de 1890, junto con el fortalecimiento 315
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