La utopía republicana

guerra civil Cáceres-Iglesias, de militares improvisados o ascendidos — unos por Piérola, otros por Montero, por Puga y Romero Flores—, por los prefectos y subprefectos, y gobernadores de distrito; todos ellos alegaban méritos y servicios y, por ende, demandaban premios y recompensas (Basadre, 1983, p. 160). El cacerismo se propuso, como antes lo había hecho el civilismo, la tarea de depurar y unificar al ejército peruano. En pocas palabras, se buscó poner punto final al problema de los indefinidos. Estos, miembros «de los diferentes y heterogéneos ejércitos» que cada gobierno había formado y «cada revolución había dispersado», fueron el centro de los ataques del gobierno624. Así pues, la reorganización militar anterior fue una de las metas principales y contempló la confección de un nuevo escalafón general, la revisión y reforma de las ordenanzas militares y la reapertura del Colegio Militar, y la profesionalización del oficial y el soldado. La puesta en marcha de una tendencia hacia la especialización determinó el surgimiento de secciones para ingenieros militares en la Escuela de Minas, la creación de una academia técnica en la artillería, el establecimiento de talleres en los cuarteles y la obligatoriedad de la enseñanza primaria en las escuelas militares. En consecuencia, la consigna fundamental del régimen fue «culturizar al soldado». Este, en palabras de Nicanor R. de Somocurcio, uno de los ideólogos militares más importantes, debía ser convertido de individuo de tropa «rústico e ignorante» a «ciudadano instruido en sus obligaciones»625. En el proceso de reconstrucción de la institucionalidad militar, el ejército y sus ideólogos buscaron modelarse una nueva identidad y un nuevo rol político que desempeñar. Así, militares como Juan Norberto Eléspuru, Alejandro Montani, Nicanor R. de Somocurcio, César Soto Quintanilla, entre otros, fueron los encargados de articular el neomilitarismo del período de la posguerra626. En aquel, la carrera militar se constituyó en un poderoso auxiliar de «civilización» e integración nacional627, y cada cuartel en una escuela, donde además de enseñarse la disciplina castrense y el amor a la patria, debía incentivarse el sentido del deber para «con la familia y para con Dios»628. Así pues, la misión del ejército, integradora y nacionalizante, buscó ser colocada al mismo nivel político que las actividades ejercidas por los civiles629. La concreción de lo anterior, promovido a través de una política educativa de las vanguardias militares, permitiría a los miembros del ejército recapturar el respeto nacional630. Sin embargo, para los que no lograron ser convencidos con los elaborados 281

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