La utopía republicana

El cacerismo hizo suyos los viejos ideales educativos del período que precedió a la guerra. El 3 de noviembre de 1886 se dictó, siguiendo los lineamientos educativos del gobierno civilista de 1872-1876, el reglamento general de instrucción pública. No obstante, lo anterior no fue una mera coincidencia. La puesta en marcha de la reforma educativa cacerista —que incluyó a la educación primaria, secundaria y universitaria—, le correspondió principalmente a Luis Felipe Villarán, ideólogo civilista y ministro de Educación de la administración Cáceres622. Este, asesorado por el Consejo Superior de Instrucción, y apoyado por el presidente, dotó de infraestructura y, bajo la tutela gubernativa, asumió algunos colegios particulares como el renombrado centro liberal Nuestra Señora de Guadalupe; asimismo, brindó apoyo a numerosos colegios departamentales diseminados en el país623. A pesar de que los órganos del régimen dieron mayor importancia a la educación profesional y a la secundaria, la educación artesanal —ejercida en las escuelas-talleres, reorganizadas por la administración cacerista— recibió significativas subvenciones del gobierno (Guerra, 1966-1984, p. 102; Basadre, 1983, VII, p. 220). El ejército peruano no estuvo al margen del proceso de reconstrucción institucional que caracterizó a la administración autoritaria del período de la posguerra. Mediante la articulación de una ideología, la organización de un espacio político y la puesta en marcha de sofisticados mecanismos de propaganda, el general Andrés Avelino Cáceres, junto con un importante grupo de militares, intentaron devolverle al ejército la identidad y la legitimidad perdida durante su derrota frente a Chile. En tal contexto, la Breña, campaña militar de resistencia contra el invasor chileno, se constituyó en «el pedestal de la gloria y el origen del nuevo ejército» peruano y Cáceres, su principal artífice, fue el centro articulador de la reconstrucción del orden militar (Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, 1984, pp. 156 y 178). Una de las tareas más urgentes que le correspondió a la administración cacerista fue la de reorganizar y unificar el ejército peruano. Para lograrlo fueron dictadas una serie de leyes. La creación de la Junta Calificadora de Servicios Militares, el 29 de octubre de 1886, al dictaminar la anulación de todos los grados y clases conferidos, durante y después de la Guerra del Pacífico, intentó desactivar a los núcleos militares pierolistas e iglesistas que ponían en peligro al régimen, así como remediar el caos en el que se encontraba el ejército peruano. Durante el período de la posguerra, el ejército se componía de antiguos jefes y oficiales comprometidos en la 280

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