La utopía republicana

estaba solo en sus preocupaciones en torno a los peligros que el desorden, gestado a la sombra de una prédica liberal incontrolada, podía traer al país578. En el alejado pueblo norteño de Mórrope, en el departamento de Lambayeque, la agresiva prédica antiliberal del párroco Narciso Batanero puede mostrar, también, cómo las ideas sostenidas por los círculos autoritarios limeños lograron tener gran difusión en diversas provincias peruanas. Batanero, un «cura andariego», según su biógrafo, había servido en la provincia cajamarquina de Contumazá. En 1885, Batanero llegó a Mórrope donde, además de iniciar una cruzada con la finalidad de erradicar las costumbres paganas de los indios y recolectar dinero para la liberación del papa León XIII, se propuso desprestigiar al liberalismo. Para lograrlo utilizó el púlpito de la iglesia morropeña. Desde ahí no solo acusó al «luzberalismo», como irónicamente lo denominó, de todos los males y daños que sufría el Perú, sino que instó a los pobladores de la pequeña provincia norteña a evitar que «los gérmenes» liberales se afincaran en Mórrope. La amenaza del cura Batanero al que permitiera tal «herejía» fue una suerte de velada excomunión579. El ejemplo morropeño unido al limeño, representado por el discurso conservador de Carlos Elías, nos permiten afirmar que en los años de la posguerra el discurso democratizante de corte liberal recibió intensos ataques desde diferentes frentes. La tarea de muchos de sus detractores fue erradicarlo con todas las armas disponibles. Así, autoritarismo y clericalismo conservador volvieron a tener una suerte de alianza estratégica. Sin embargo, el autoritarismo civilista evidenció, también, sus agudas contradicciones y ambivalencias. En 1886, a pocos meses de iniciado el régimen cacerista, Blas Huguet, antiguo simpatizante del Partido Civil580 y presidente en ejercicio de la Corte Superior de Justicia de Ayacucho y Huancavelica, observaba cómo el gobierno del general Cáceres había propiciado el regreso a la civilidad y al orden. Lo anterior había sido posible, según el magistrado, no solo porque el héroe de la Breña había logrado el «prodigio» de centralizar el mando con el concierto de todos, colaborando en purificar la atmósfera nacional de «miasmas disolventes», sino porque el militar ayacuchano había reestablecido el principio de autoridad sometiendo al país al acatamiento de una «Ley Soberana». Las elecciones de 1886, en las cuales «mil clubs de todos los puntos de la República» se habían dado cita para sostener los «sanos principios» de la Constitución de 1860, habían colocado a Cáceres, candidato presidencial único, en «la cima de una 271

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