núcleos regionales, colaboraron en fomentar, aún más, el peligroso proceso de atomización política que vivió el Perú durante el período de la posguerra529. En el contexto de fragmentación y desgobierno anterior, la opinión que comenzó a circular a nivel de las élites y a hacerse eco entre el grueso de la población fue que la responsabilidad mayor en el estado de postración y de desborde que vivía el país se debía a los faccionalismos que habían prevalecido en el Perú desde los tiempos de la independencia530. Estos, llevados a sus extremos en los violentos enfrentamientos de 1878 entre los partidos políticos, eran culpables directos de la agudización de los conflictos étnicos y sociales que agobiaban al territorio nacional531. Por ello no resultó extraño que el posteriormente derrocado general Miguel Iglesias, en su proclama al asumir la Presidencia de la República en 1883, señalara a los partidos políticos como los grandes responsables de los problemas nacionales, y deportara, por lo mismo, a muchos de sus más preclaros representantes532. Todo lo anterior nos permite afirmar que, al igual que en la etapa posterior a la anarquía (1845-1851) —hegemonizada por el castillismo y el discurso cohesionador herreriano—, el período de la postguerra revivió los argumentos ideológicos, unitaristas y antipartidaristas del pasado debido a la secuela de destrucción que trajo al país. La reacción contra la política tradicional y la necesidad de una «regeneración» volvieron a ser lugar común en los debates intelectuales posteriores a la derrota frente a Chile533. Sin embargo, en esta oportunidad, a diferencia del período postanarquía, la carencia del Estado de una renta permanente capaz de crear vínculos entre los diferentes grupos nacionales obligó a la apelación a la figura simbólica y cohesionadora de un héroe534. Este, apodado «taita» —palabra quechua para padre—, fue capaz de aglutinar a un cuerpo social seriamente dañado por la derrota militar y el colapso económico que sucedió a la derrota frente a Chile. La repatriación y entierro de los restos de los héroes de la Guerra del Pacífico, realizado de manera multitudinaria en Lima entre el 15 y 16 de julio de 1890, permiten evidenciar de manera gráfica el tipo de ritual unificador que el cacerismo supo proveer a la desmembrada sociedad peruana535. En efecto, el gobierno cacerista, mediante un decreto presidencial expedido el 3 de junio de 1890, promovió la repatriación desde Santiago, Mejillones e Iquique en Chile y desde la llanura de Purrubamba y los alrededores de la zona norteña de Huamachuco, donde el ejército de la Resistencia fue finalmente derrotado, de las «reliquias» y 258
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