moral que habían sido la base del encumbramiento del Partido Civil en el poder. Si las luchas políticas previas a la guerra, con el acentuamiento de la propaganda clasista, habían creado un deterioro de la imagen republicana e igualitaria que el civilismo intentó propiciar, la inefectividad del Gobierno Provisorio de La Magdalena en la defensa de las riquezas salitreras fue pasto adecuado para el resurgimiento de la prosa incendiaria contra el proyecto político civil523. Los ecos de aquella llegaron, incluso, a las provincias del interior del país524. En el contexto de desmoronamiento económico y político civilista, la pérdida de identidad y de legitimidad del Partido Civil se manifestó en la desaparición de su personería y de su nombre propio. Años después de la guerra muchos de los miembros de la amplia coalición política civilista, que colaboró en el encumbramiento en el poder de Manuel Pardo, buscaron refugio en otras tiendas políticas. Algunas de las figuras fundadoras más importantes del civilismo, como el activo dirigente puneño y exministro de Manuel Pardo, José Miguel Medina; el catedrático limeño y dirigente del «Club Universitario» sanmarquino, Carlos Lissón; el diputado moyobambino José Nicolás Hurtado; el militar arequipeño Manuel Rivarola; el abogado y profesor de San Marcos, Luis Felipe Villarán; el antiguo burócrata estatal Lino María de la Barrera, entre otros, se acercaron al resucitado Partido Liberal525. Otros, como el agente de aduana Elías Mujica, el parlamentario civilista, Carlos Elías, el abogado y catedrático universitario Isaac Alzamora, y los hombres de negocios limeños, Manuel Candamo y Aurelio Denegri apoyaron abiertamente al gobierno militar autoritario del general Andrés A. Cáceres y fueron piezas claves en la fundación del Partido Constitucional, que aquel encabezó526. Algunos otros, como el importante dirigente civilista limeño Ignacio de Osma, se plegaron al gobierno del general Miguel Iglesias527. La fragmentación, dispersión y consecuente ausencia de hegemonía política limeña colaboró a que en algunas provincias del interior las divisiones provocadas por la Guerra del Pacífico y por la ausencia de fuerzas políticas organizadoras, legítimamente constituidas, colaboraran en el incremento de las tensiones y los faccionalismos locales (Taylor, 1987, pp. 18-22). En Áncash y Puno, las sublevaciones indígenas, duramente aplacadas por las autoridades locales, dieron cuenta del profundo malestar político, social y económico que vivía el país528. Las subdivisiones geográficas del territorio nacional, mecanismo político que había servido tradicionalmente para ganar las adhesiones y lealtades de los diversos 257
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