La utopía republicana

la guerra civil que sucedió al tratado de paz con Chile. En esta coyuntura, fueron los militares Cáceres e Iglesias los que nuevamente asumieron un rol protagónico en la definición del futuro político del país508. La pérdida de preeminencia de la clase política civil se debió, según Carlos Lissón, uno de sus principales ideólogos, a que «los intereses creados por los partidos» no solo habían sido arrasados por la guerra, sino que «hasta los restos de los que existían» habían desaparecido509. Los ejércitos chilenos, al abandonar el territorio peruano, no solo se llevaron consigo el riquísimo «botín salitrero»510; con él se embarcaron hacia Santiago los tesoros culturales más preciados de los limeños. Centenares de libros de la Biblioteca Nacional; invalorables obras de arte como el cuadro Los funerales de Atahualpa, de Montero; el original reloj que decoraba el Palacio de la Exposición de Lima, construido por Pedro Ruiz Gallo; la moderna imprenta del Estado, donde el gobierno civilista imprimió decenas de obras de difusión popular; y las rejas coloniales que resguardaban la catedral capitalina y la activa fundición de Bellavista — donde se iniciaron los tímidos intentos de industrialización urbana— fueron algunas de las otras riquezas nacionales arbitrariamente tomadas por las fuerzas invasoras. Asimismo, los ejércitos de ocupación destruyeron sistemáticamente las haciendas azucareras norteñas, las riquísimas haciendas de la sierra central, las activas economías mercantiles del surandino, todo lo cual colaboró también, y de manera indirecta, al colapso final del aún precario sistema administrativo civilista y de la banca limeña511. En palabras del historiador inglés Clements Markham, los vencedores «no solo fueron brutales y exigentes, sino que llevaron su afán de despojo y confiscación a límites nunca sobrepasados» (1882, p. 260). La «hecatombe», como calificó a la guerra el político chileno Benjamín Vicuña Mackenna, trajo graves consecuencias políticas para el país. La destrucción material de los focos regionales leales al civilismo y la pérdida de la legitimidad de las dirigencias partidarias limeñas fueron, tal vez, los golpes más importantes dados al original proyecto cívicorepublicano hegemonizado por las élites económicas e intelectuales capitalinas. En efecto, el logro más importante del civilismo fue articular un proyecto político nacional, organizado desde Lima, en el cual las élites y los grupos medios urbanos provincianos cumplieron un rol fundamental512. La devastación provocada por la guerra destruyó a estos activos núcleos regionales urbanos que lograron constituirse en los aliados 254

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