La utopía republicana

instituciones peruanas, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la derrota frente a Chile fue el peor revés que sufrió el país luego de su destructiva guerra por la independencia. En 1883, año del humillante Tratado de Ancón, «la República firmó», en palabras del abogado y catedrático sanmarquino Víctor Maúrtua, «la escritura de su decapitación como nación dirigente, de la sustracción violenta de su riqueza, de la desarticulación de sus órganos y de la disolución de sus instituciones»502. En pocas palabras, las bases económicas, políticas, ideológicas e incluso geográficas del sueño republicano fueron erradicadas violentamente por la secuela de destrucción física y moral que dejó la guerra503. Un panfleto, con el apocalíptico título de «¿Se hunde o se salva el Perú?», circuló profusamente en Lima unos años después de que la guerra finalizara. Este corroboró el descarnado análisis de Maúrtua, al aludir explícitamente al «decadente y ruinoso estado» de las finanzas públicas peruanas durante el período que sucedió al conflicto con Chile (Anónimo, 1888)504. El desconocido autor del documento sintetizaba la desastrosa situación económica peruana de la siguiente manera: ingresos fiscales reducidos a la cuarta parte, capitales particulares anonadados por el papel moneda de la guerra, valores fiduciarios estancados y sin cotización, comercio muerto, industria paralizada, propiedad urbana y rústica despreciadas, brazos inertes y funcionarios públicos «sin pan». El difícil panorama socioeconómico anterior era la causa principal de que dos millones de peruanos fuesen víctimas de un estado de «acelerada disolución» (Osores, 1886). El acelerado proceso de disolución de los vínculos al interior de la sociedad peruana, manifestado en la irrupción violenta de numerosos conflictos étnicos, políticos y sociales, fue una consecuencia directa de las incalculables pérdidas materiales y el estado de empobrecimiento generalizado que el conflicto bélico con Chile provocó505. Aquel, aunado a la destrucción de los marcos institucionales y de las fuerzas políticas capaces de cohesionar a la fragmentada y en muchos casos movilizada sociedad peruana506, se constituyeron en la herencia más nefasta que dejó la Guerra del Pacífico. El descabezamiento y la fragmentación de las élites políticas civiles debido a una consciente política de deportación y de acoso económico por parte de las fuerzas de ocupación chilena507 —como también a las tradicionales pugnas internas que culminaron con la secesión norteña y la firma del Tratado de Ancón— se manifestaron en toda su crudeza durante 253

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