la coalición Lima-Sur-Centro fue desplazada del escenario político nacional por una fracción menor de la élite norteña, representada por Iglesias484. La radical posición de Iglesias en torno a la firma de la paz con los chilenos puso de manifiesto no solo la tradicional respuesta autoritariaunitaria de los militares peruanos a las vacilaciones e interminables discusiones de los civiles485, sino también, el agotamiento económico y el aislamiento político del desangrado norte486. Este, a pesar de haber pagado una alta cuota de sacrificio a lo largo de la guerra —la destrucción de su aparato productivo en manos de las expediciones punitivas de Lynch para citar solo un ejemplo487—, exhibió un escaso poder de decisión en las negociaciones políticas que Lima y posteriormente Arequipa comandaron. Fue debido a su marginación o, probablemente, automarginación de la alianza, Lima-Sur-Centro, la cual luchaba por resguardar la importante riqueza salitrera de Tarapacá, que el norte, representado por Iglesias, luchó también, dentro de sus propios términos y en situación antagónica a los intereses de las élites limeñas y sureñas, y los núcleos serranos comandados por Cáceres, por proteger, junto con su autonomía política, su propia riqueza económica488. Para lograrlo, además de tener que bajar la cabeza frente a aquellos que tanto daño habían causado al país, debió colaborar con el invasor en la destrucción de un núcleo político-militar que era el quebradero de cabeza de Lynch y de su ejército. En efecto, solo después de la derrota del general ayacuchano Andrés Avelino Cáceres, líder y alma de la resistencia serrana, fue que Chile pudo, junto con sus aliados norteños, llevar a cabo la amputación del territorio peruano489. La alianza chileno-iglesista posibilitó la derrota de Cáceres y los remanentes de su ejército en la provincia norteña de Huamachuco, el 10 de julio de 1883, con lo cual se selló el destino de la guerra490. La derrota de uno de los últimos núcleos político-militares rebeldes — Arequipa fue tomada algunos meses después (Carpio Muñoz, 1991, pp. 76-79)— tuvo una decisiva importancia política ya que afianzó al gobierno de Iglesias y cimentó la paz, dentro de los términos impuestos por la administración chilena (Bulnes, 1919, p. 486). Esta, con la finalidad de solidificar la fuerza política y económica de sus patrocinados, les hizo entrega del departamento de La Libertad, sus aduanas y sus ferrocarriles, y los proveyó de armamento y dinero en efectivo para enfrentar los gastos urgentes. La «hegemonización» política norteña, con el vital apoyo del 227
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