de 1881, el presidente reiteró la imperiosa necesidad de unificar a la República con la finalidad de negociar en bloque con las fuerzas de ocupación. La instrumentalización por parte de Chile de los faccionalismos peruanos era algo que, en palabras de García Calderón, debía evitarse a todo trance. Por ello la búsqueda de la «concordia» entre los representantes preclaros de los principales grupos políticos peruanos, exceptuando el de Piérola, se constituyó en la tarea fundamental del Gobierno Provisorio469. La renuncia del dictador, debido a la defección de sus importantes aliados militares, en noviembre de 1881470, evidenció que el trabajo de convencimiento y cooptación de los provisorios, tanto a nivel nacional como internacional, había rendido los deseados frutos471. Sin embargo, el fuerte estruendo de la bota chilena en el apacible oasis de La Magdalena acabo de despertar de sus sueños utópicos a los incansables republicanos, al mostrarles dramáticamente la precariedad de su existencia. El 6 de noviembre de 1881, dos meses después de que el reducto peruano de la Magdalena, las oficinas públicas y las municipalidades que habían constituido el Gobierno Provisorio en Lima fueron ocupadas por contingentes militares chilenos, y que la Caja Fiscal del gobierno peruano y sus fondos en Londres fueron embargados, Francisco García Calderón fue apresado y deportado a la provincia chilena de Rancagua472. La medida anterior, respuesta violenta del invasor al significativo prestigio que habían logrado acumular los políticos limeños y que, por lo mismo, fue seguida por decenas de deportaciones de aquellos a territorio chileno473, hizo obvio que el ejército de ocupación, comandado por Patricio Lynch, quien había logrado obtener ingentes entradas económicas para su país a través de modalidades semilegales —como los cupos— y abiertamente ilegales — como los robos—, no estaba aún satisfecho474. Para lograr la meta chilena de apoderarse de la rica provincia de Tarapacá, se apeló al legalismo farsesco del gobierno de La Magdalena. Los chilenos, con Lynch a la cabeza, se propusieron, sin éxito, poder utilizar al gobierno «títere» de García Calderón con la finalidad de legitimizar el despojo de las provincias salitreras peruanas. Sin embargo, lo que aquellos no previeron fue que el presidente de La Magdalena montó y fortaleció, dentro del minúsculo espacio político y económico provisto por Lynch, su propio núcleo de poder y de legitimidad nacional e internacional. La meta de este audaz y complicado ajedrez político limeño fue pagar la indemnización de guerra y forzar a los chilenos a una rápida desocupación del país475. 224
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx