La utopía republicana

negociaciones con el representante del gobierno dictatorial, lo obligaron a abandonar Lima y a organizar la resistencia nacional en las provincias del interior del Perú. En una proclama aparecida pocos días después de su partida, Piérola aludió al carácter itinerante que tendría su gobierno a partir de ese momento448. La pérdida del espacio capitalino en manos de las fuerzas de ocupación obligó al dictador a iniciar un largo peregrinaje que lo llevó por varias ciudades serranas. En Tarma, punto inicial de su periplo, Piérola estableció su cuartel general y reiteró su posición de jefe político-militar de la zona sur, nombrando, además, a nuevos representantes de su gobierno en el norte y centro del país449. Resulta pertinente señalar cómo, a pesar de muchos de los errores económicos, políticos y militares cometidos por el gobierno de la dictadura, Piérola mantuvo la lealtad de importantes núcleos políticos serranos, que se adhirieron al dictador no solo como un repudio al civilismo, al que consideraban responsable de la guerra y la ocupación, sino por una especial identificación con su discurso populista450. Es por lo anterior que no resulta sorprendente observar la relativa facilidad con que el jefe de la dictadura pudo lograr levantar un ejército de 7000 hombres, al igual que recibir el apoyo incondicional de un sector importante de terratenientes serranos451. Aparte del apoyo monetario, que resultó fundamental para la rearticulación política del gobierno de Piérola, este mantuvo por algunos meses la lealtad absoluta de la oficialidad militar, sobreviviente de la Campaña de Lima. El apoyo militar que el general Andrés A. Cáceres y el contralmirante Lizardo Montero le brindaron desde sus respectivas zonas de influencia, junto con el soporte activo de las élites y sectores populares provincianos, posibilitaron que Piérola no solo neutralizara a los focos civilistas serranos, Cerro de Pasco y Lucanas, por ejemplo, buscando paralelamente el fortalecimiento de la alianza con Bolivia, sino que se aventurara a ensayar una fórmula política capaz de proveer a su gobierno de una necesaria legitimidad452. Esta, además de ayudarle a reestablecer las negociaciones con el invasor, podía, en el futuro, reabrirle el camino hacia Lima. La Asamblea de Ayacucho fue, en consecuencia, el mecanismo utilizado por el dictador para lograr su tan ansiada legitimidad política. El humillante rechazo al que lo sometieron los chilenos, luego de las dramáticas jornadas de San Juan y Miraflores, y la apertura de conversaciones con los núcleos políticos limeños debió tener un efecto 221

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