habían surgido como consecuencia de las violentas transformaciones económicas y de los irresueltos problemas políticos de más de dos décadas. La «Comuna» limeña de 1881 fue, en consecuencia, la repetición potencializada del comportamiento social desbordado, que preludió al derrumbe del «Estado Castillista» en 1872. En esta oportunidad, sin embargo, los encargados de recibir el deshecho aparato estatal limeño y reformarlo no fueron, como en el pasado, otros peruanos. La entrega de la ciudad que hizo el alcalde Rufino Torrico a las fuerzas de ocupación, encabezadas por el general Manuel Baquedano, y el izamiento de la bandera chilena en el Cuartel de Santa Catalina444, pusieron de manifiesto, además del dramático fracaso político de la dirigencia peruana, su pérdida de control sobre el espacio físico desde donde ella, tradicionalmente, se había articulado. NO UNO SINO MUCHOS PODERES La caída de Lima en manos del ejército de ocupación determinó una forzada y necesaria redistribución del poder político en el Perú. La situación anterior no fue un asunto meramente circunstancial. La fragmentación y la terca resistencia de los poderes regionales a los afanes centralistas limeños habían sido una constante en la vida política peruana. Esta situación, negativa para la consolidación de un proyecto político nacional hegemonizado desde Lima, fue favorable en la nueva coyuntura de resistencia militar al invasor445. En el contexto de la ocupación de la capital por fuerzas extranjeras, la resistencia regional se convirtió en una necesidad a todas luces ineludible. Las fuerzas de ocupación chilena, comandadas en un primer momento por el general Baquedano, capturaron el aparato estatal peruano, cuya sede central radicaba en Lima, pero el poder político peruano se «descentralizó» refluyendo a sus tradicionales núcleos regionales. La nueva configuración del poder nacional —norte, centro, sur— y el minúsculo reducto limeño de la Magdalena recrearon, en consecuencia, la clásica división regional que había caracterizado, por muchos años, a la política peruana; agregando, además, a dos nuevos e importantes personajes: las fuerzas de ocupación chilena y los núcleos político-militares serranos. El 15 de enero Nicolás de Piérola abandonó apresuradamente Lima con rumbo a la sierra central446. Su derrota, que culminó en la toma de la ciudad capital después de la estéril inmolación de miles de peruanos447, unida a la negativa de la fuerzas de ocupación chilenas de establecer 220
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