de las condiciones histriónicas necesarias para ayudar a su pueblo no solo a evadir y olvidar por unos pocos meses que lo peor aún no había llegado, sino a contener la furia social que varias décadas de frustraciones habían dejado entre sus habitantes. El arribo de los ejércitos chilenos a Pisco y luego a Curayacu, playa situada a las puertas de Lima, seguido por el drama de San Juan, Chorrillos y Miraflores, la huida del dictador y la humillante ocupación de la capital, abrieron las compuertas a un cúmulo de emociones que once meses de espectáculo farsesco habían logrado aquietar440. Entre el 15 y el 17 de enero, luego de la salida apresurada de Piérola hacia la sierra, Lima vivió, probablemente, la más dolorosa de sus jornadas. La «ciudad ilustrada» que, en palabras de Manuel Pardo, estaba destinada a ser el centro de donde fluiría la civilidad a todo el país, fue, por el contrario, el espacio donde se encarnaron con mayor intensidad el dolor y la humillación que trajeron la guerra y la ocupación. Los batallones chilenos que ocupaban silenciosamente los espacios citadinos de la «Tres Veces Coronada», espacios que diez años antes otros batallones, los «cívicos» del Partido Civil, habían intentado —también silenciosamente— conquistar, evidenciaron gráficamente que el sueño republicano finalizaba en el mismo lugar donde había nacido441. Las fracasadas batallas de San Juan y Miraflores, del 13 y 15 de enero respectivamente, y el horroroso incendio provocado por el descontrolado ejército chileno en el opulento balneario limeño de Chorrillos, preludiaron la marcial ocupación de la capital del Perú, el 17 de enero de 1881. Días antes de aquella, y ante la ausencia de los mecanismos de control político tradicionales y del discurso enmascarador de Piérola, estallaron las tensiones sociales, comprimidas durante varios años. En efecto, entre el 15 y 16 de enero la desintegración del aparato estatal peruano era a todas luces evidente. Su fractura podía observarse no solo en el retiro apresurado de Piérola a la sierra y en la reducción del poder del Estado a su mínimo nivel de expresión —el gobierno municipal encabezado por el coronel Rufino Torrico442—, sino en el incontenible caos social que se apoderó de la ciudad. Fue justamente la débil autoridad municipal, encabezada por el pierolista Torrico y apuntalada por comerciantes nacionales y extranjeros, la que hizo frente al desafío popular encarnado en «la Comuna»443. Esta, responsable de los saqueos, incendios y muertes que asolaron a la capital luego de la derrota del ejército peruano en Miraflores, tuvo su origen en el hambre, la desmoralización y la acumulación de tensiones sociales que 219
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx