La utopía republicana

El alejamiento e indiferencia de la élite económica limeña frente al golpe contra Prado tuvo, como premonitoriamente señaló La Cotera, un «castigo providencial»434. El cierre de diarios, las feroces persecuciones, el encarcelamiento, la extorsión fiscal, la indiferencia e intransigencia del gobierno frente a las expediciones punitivas de los invasores chilenos a las riquísimas haciendas norteñas —las cuales fueron, como la de Dionisio Derteano, literalmente dinamitadas—, junto con la destrucción final del aparato financiero del civilismo —la banca limeña—, fue el precio que pagaron los civilistas por su pasividad435. Sin embargo, más allá de las críticas merecidas o inmerecidas que puede despertar entre nosotros el tragicómico gobierno de Nicolás de Piérola, resulta interesante analizar cómo el acto de imaginación desbordada que fue la dictadura detuvo por once meses a las ya casi incontrolables fuerzas centrífugas que amenazaban con destruir a la brutalmente golpeada sociedad peruana. Un análisis detallado de algunos de los decretos evacuados por el gobierno dictatorial no nos permitiría sospechar que estos iban dirigidos a un país que estaba siendo invadido, al cual se le había usurpado la riqueza de donde debía surgir su despegue económico, que era mudo testigo de la destrucción sistemática de sus innovadoras y productivas haciendas norteñas, y que atravesaba, simultáneamente, la terrible agonía de esperar inerme el zarpazo final del invasor chileno sobre su ciudad capital436. El gobierno de Piérola, denominado por Manuel Atanasio Fuentes de «farsas y bromas», en el cual se crearon legiones de mérito, se fundaron míticas ciudades como «Ciudadela Piérola», se establecieron inservibles secretarías de gobierno como la de Obras Públicas y Fomento, se imprimieron billetes sin ningún respaldo real como el inca, y se ensayaron frases grandilocuentes y huecas —«Protector de la Raza Indígena», por ejemplo—, con las que se logró sustituir, mediante imágenes quiméricas, la trágica incapacidad política de la extenuada dirigencia peruana437. Piérola, haciendo un alarde de desbordada imaginación, llevó a extremos radicales la tendencia hacia la exacerbación del discurso utópico reformulado en 1871 por el civilismo. La meta concreta de ganar una guerra, que ya había sido perdida de antemano en Angamos, dio paso a un discurso utópico capaz de enmascarar una realidad a todas luces inmanejable438, en la cual, la extraña mezcla de religión, relajo, corrupción y ferviente fe en una victoria imposible sobre el poderoso invasor sirvió de marco al discurso esperanzador que Piérola intentó proyectar439. En una ciudad como Lima, dada a la representación y al teatro, Piérola hizo gala 218

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