El 19 de diciembre el país amaneció con la noticia de que Mariano Ignacio Prado, comandante general del Ejército y presidente de la República, había iniciado un viaje «secreto» a Europa con la finalidad de adquirir armamento para el Perú. El viaje, que dejó acéfala la conducción política y militar peruana, fue justificado por el mandatario en un par de documentos publicados en el extranjero427. A pesar de los frágiles argumentos, la decisión apresurada del presidente de emprender el viaje, delegando el mando supremo al anciano vicepresidente, el general cusqueño Luis La Puerta, fue un gravísimo error político-militar que el país hubo de pagar428. La estéril «gira» presidencial en pos de los elusivos blindados complicó aún más el ya de por sí difícil escenario político nacional y creó, además, un vacío de poder que fue llenado rápidamente por Nicolás de Piérola429. En efecto, el 22 de diciembre de 1879, tres días después de la inocultable «fuga», que no podía menos que infundir el desaliento y el desconcierto entre la población limeña y las tropas peruanas acantonadas en el sur del país, el consuetudinario rebelde arequipeño, con el apoyo de contingentes del ejército, la Guardia Nacional y la gendarmería, dio un golpe de Estado y se declaró dictador del Perú430. El motín militar encabezado por el coronel Pablo Arguedas, jefe del batallón de la Guardia Nacional «Artesanos de Ica», fue aceptado, según un testigo de la época, «como una de esas desgracias irremediables» (Fuentes, 1881). Es probable pensar que la pasiva aceptación anteriormente aludida se debió a una serie de complejas razones. La ocupación de parte del territorio peruano por las fuerzas chilenas, la inminencia de un ataque de estas sobre las provincias de Tacna y Arica, el peligro del incontrolable desborde popular que podría provocar una reacción constitucional y los efectos que una contrarrevolución podía tener sobre los restos del desmoralizado ejército de Lima convertían a la reacción contra Piérola en una tarea solitaria y peligrosa. Sin embargo, por encima de las poderosas razones anteriormente señaladas primó el desgaste y aislamiento del desprestigiado régimen pradista, responsable político de la desastrosa campaña del sur y de la pérdida de las salitreras, y que estaba precariamente sostenido por un aparato represivo comandado por el general Gonzales de la Cotera. La dictadura pierolista nació, en consecuencia, de la pugna entre dos facciones de los restos del ejército y de la Guardia Nacional, acantonados en Lima. La resolución del conflicto, debido a la ausencia de parte importante de la oficialidad, que se hallaba destacada en el sur, se realizó 216
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