discurso pronunciado a su llegada, «el Califa» aludió a la equivocada percepción de desunión y división que tenían los chilenos sobre los peruanos. Piérola, luego de dar vivas enfervorizadas a Lima, al Perú y al gobierno, resaltó el espíritu de absoluta unión que reinaba en el país (Miró Quesada, 1961, p. 122). Es probable pensar, sin embargo, que las palabras de optimismo del eterno rebelde que organizó, luego de su llegada, un batallón de guardias nacionales, no lograron convencer ni a propios ni a extraños. A medida que las frustraciones y derrotas comenzaron a sucederse y los depósitos salitreros peruanos fueron ocupados por el ejército invasor, los irresueltos conflictos políticos internos volvieron a emerger. A partir del 1 de noviembre, fecha del desembarco de los contingentes chilenos en Pisagua, el territorio peruano se convirtió en el norte de las fuerzas invasoras. La ocupación de los yacimientos salitreros peruanos, punto crucial de la primera fase de la guerra, fue posible luego de la derrota del buque más eficiente de la escuadra peruana, el «Huáscar»425, y de la desastrosa campaña peruana en el sur426. Resulta obvio señalar que la pérdida de la provincia de Tarapacá asestó un duro golpe a la deteriorada caja fiscal de Lima y condenó irremisiblemente cualquier posibilidad de reconstrucción política dentro de los términos previamente enunciados por la élite política limeña. El mayor problema que sucedió a la ocupación de las salitreras fue no solo la necesidad de enfrentar los gastos, en dinero y en vidas, que una guerra no prevista demandaba al país, manteniendo, al mismo tiempo, en funcionamiento al aparato estatal; sino lograr hacerlo prescindiendo de la riqueza que había sido el eje de la reconstrucción política coalicionista. A pesar de que la acusación formal contra los militares Buendía y Suárez que, a manera de «chivos expiatorios», fueron presentados a la opinión pública como los culpables de una serie de derrotas, cuyas razones eran harto más complejas, la ocupación de las salitreras infligió un duro golpe al régimen de Prado. La caída de sucesivos gabinetes, el cerco civilista contra su política bélica, la negativa de Piérola de comandar un nuevo gabinete de «conciliación» y el descontento que empezó a apoderarse de la opinión pública pusieron de manifiesto la dramática soledad del presidente. Es por ello que su alejamiento del escenario político nacional, en medio del secreto y de la oscuridad, no hicieron más que evidenciar lo que ya era un vox populi en los corrillos políticos peruanos: el Poder Ejecutivo había desaparecido. 215
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