La utopía republicana

la patria421. El general Luis La Puerta, vicepresidente de la República, corroboraba lo anterior al señalar como «las provincias todas hasta la más apartada de la capital» habían organizado batallones «pidiendo el primer puesto en el combate». Respecto a los importantes donativos nacionales que habían permitido el equipamiento y organización de un ejército de reserva de 12 000 hombres, el vicepresidente comentaba que aquellos se habían hecho en materias primas y en «grandes cantidades de metálico». El irrefrenable fervor provinciano, por ser parte activa de «la salvación de la patria», había empujado al gobierno a expedir un revelador decreto, en el cual se imponían penas severas «a las autoridades de departamento» que prosiguieran «mandando batallones a la capital»422. El Congreso de la República, controlado por el civilismo, al comentar sobre el movimiento y «actividad extraordinaria» que la guerra propició en el país, opinaba que el enfrentamiento bélico no solo debía imponer «silencio» a todos los intereses individuales o de partido, sino que debía de permitir, paradójicamente, el surgimiento de una coyuntura propicia, capaz de reestablecer «el sentido del deber» en el ánimo de los ciudadanos. En palabras de los congresistas, la guerra —al ser asimilada como una «esperanza de regeneración»— impulsaría al país a abandonar el rumbo que estaba llevando a la comunidad peruana al «precipicio». La tan requerida unión en torno al «pabellón nacional» tendría como eje la constitucionalidad. Solo esta, opinaban los senadores y diputados, exhibía la fuerza suficiente para «ligar las pasiones i las ideas políticas, encaminándolas en un sentido único»423. Lo anterior ponía de manifiesto que, si bien el Congreso había robustecido al Ejecutivo con la finalidad de que llevara a cabo la defensa nacional, era al Poder Legislativo a quien correspondía, en exclusividad, la articulación y organización de la política nacional y la articulación de las acciones bélicas. De esta manera, las cámaras de senadores y diputados, controladas por el civilismo, retomaban un papel estelar en el diseño de la política interna y externa del país, en el cual el viaje a Europa de los congresistas civilistas Francisco Rosas y Juan Mariano de Goyeneche, para renegociar la deuda externa y obtener un nuevo préstamo para el Perú, ponían en evidencia el fortalecimiento y la renovada influencia de los círculos congresales, mayoritariamente adherentes del Partido Civil, en el diseño de la política peruana424. El recién estrenado drama bélico impulsó a otro conocido personaje a retornar al Perú. Nicolás de Piérola, exilado en Chile debido a su frustrada revolución contra Prado, regresó a Lima el 16 de abril de 1879. En el 214

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