para el preocupado editorialista limeño la guerra civil estaba a las puertas de su ciudad. Sin embargo, no sería ese irremediable conflicto interno el causante de la destrucción y muerte que aquel tanto temía, pues al sur se estaba gestando otra guerra. Esta marcaría durante muchas décadas, cual hierro candente, los destinos del Perú. El 3 de abril de 1879 el congreso chileno autorizó la declaratoria de guerra al Perú, cuya causa, escondida detrás de un manto de legalismo y racionalidad, tuvo un nombre propio: salitre. Si bien es cierto que la finalidad de este trabajo escapa al análisis detenido de los antecedentes y evolución de una conflagración internacional que ha llenado miles de páginas de literatura, resulta obvio señalar que las causales del conflicto armado entre Chile, Perú y Bolivia fueron básicamente económicas418. En pocas palabras, de un lado estuvo Chile intentando apoderarse por la fuerza de un riquísimo territorio que, en el puro derecho internacional, no le pertenecía; y del otro, Perú y Bolivia, tratando, dramáticamente, de defenderlo. Asimismo, cabe señalar que la situación anterior no fue meramente circunstancial. La jurisdicción territorial sobre la zona salitrera estuvo, desde los inicios de la explotación del mineral, en manos de Chile y del capital inglés419. La distancia geográfica, los desórdenes políticos y la endémica crisis económica determinaron que el control peruano sobre su importante riqueza fiscal fuera solo nominal420. Fue por la anterior «posesión de hecho» del rico territorio salitrero, por parte de Chile y sus aliados ingleses, que la estatización, decretada por el gobierno de Manuel Pardo en 1875, y el impuesto de 10 centavos sobre la exportación mineral —causal del inicio de las acciones bélicas chilenas—, decretado por Bolivia en 1878, generó intensas resistencias que culminaron con la declaratoria de guerra. Por otro lado, los agudos problemas financieros chilenos precipitaron los acontecimientos (Paz Soldán, 1979, I). La declaratoria de guerra de Chile al Perú provocó una intensa respuesta de la población peruana. En efecto, durante los primeros meses de la contienda, las noticias sobre los bombardeos chilenos sobre las poblaciones civiles de Moquegua y Pisagua hicieron surgir, en diferentes niveles de la fragmentada sociedad peruana, el requerido espíritu de unión y conciliación, imprescindible para enfrentar el difícil trance de una guerra no esperada. En el mensaje del presidente Mariano Ignacio Prado al Congreso Extraordinario de 1879, el general aludía a que «la violencia de los procedimientos bélicos» chilenos había provocado «que el Perú se levantase entero a poner la vida y las haciendas de sus hijos» al servicio de 213
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