cosas de otra manera. El sargento del batallón Pichincha, junto a un grupo de sus camaradas de armas, era consciente de que su carrera en el ejército, único vehículo de movilidad social para un cajamarquino de escasa preparación académica como él, estaba siendo acechada. La anterior preocupación del sargento se debió, principalmente, a las drásticas medidas en torno a los ascensos a oficiales propuestas por el Congreso dominado por el Partido Civil. De la atenta lectura de la rabiosa prensa política, Montoya debió extraer no solo algunos radicales comentarios que corroborarían sus apremios, sino el convencimiento de que, dentro de este nuevo Estado, parcialmente civilista, gente como él y sus compañeros eran simples piezas de deshecho (Mc Evoy, 1994a, p. 142). El «arreglo» y la tregua, en aras del bienestar «nacional», no fueron entendidos por los sectores desposeídos que, como Montoya, pugnaban por encontrar un lugar en la cada vez más empobrecida y polarizada capital de la república. El monopolio de la forja de una identidad social no lo tuvieron solo el civilismo y sus vanguardias. Así como el abogado Espiell y el banquero Riva-Agüero, el sargento Melchor Montoya también empezó a procesar su identidad de clase en la violenta década de 1860. Es por ello que la bala que disparó e hirió mortalmente a Manuel Pardo en las puertas del Senado fue solo el epílogo de una incipiente lucha social, en la cual el aparente responsable de la marginación y el abandono era castigado con el único lenguaje político que los desposeídos, como el suboficial del batallón «Pichincha», habían aprendido. Consecuentemente, Montoya articuló su protesta social con el discurso violentista que las élites políticas utilizaron persistentemente a lo largo de varias décadas en el país411. El Partido Civil intentó reformular los términos de la discusión política, «civilizando» a los grupos urbanos, pero el lenguaje predominante entre la dirigencia peruana siguió siendo la violencia. Es probable pensar, sin embargo, que hubo un apresuramiento por parte del impaciente Melchor Montoya. Resulta factible creer que dentro del «arreglo» realizado en las altas esferas del poder no hubiera sido aprobada la ley que le quitaba el sueño. No debemos olvidar que, entre las bases de apoyo del Partido Nacional, nuevo aliado del civilismo, se encontraban importantes sectores conservadores del ejército, que no iban a permitir que tuviera efecto una modernización tan radical como la que se estaba discutiendo en el Congreso. Por otro lado, el peligro del desborde social y la articulación del discurso coalicionista cohesionador, en donde «todos iban a caber» —incluso tal vez Piérola y sus seguidores—, empujaba a la 210
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