La utopía republicana

mezcla letal de miseria y rivalidades partidarias, al desgarrar violentamente el tejido social peruano, obligó a la élite política a asumir una actitud apaciguadora. Consecuentemente, la paz y la conciliación fueron necesidades ineludibles dentro del panorama de crisis económica y de desborde social que se vivía. Por ello no resultó fuera de contexto el discurso pronunciado por Manuel Pardo el 7 de setiembre de 1878, fecha en que asumió la presidencia del Senado. En dicho escenario, el antes intransigente reformador subrayaba que «en medio de las disidencias políticas» que alejaban a los hombres existía siempre un lazo que los unía «el del amor al país y el vivo anhelo de su felicidad», sugiriendo que el espacio nacional, «bastante ancho para que todos quepan», podía ser compartido armónicamente por todos los peruanos408. Desde el pasado, que el Partido Civil intentó destruir, llegaban al Congreso de la República, donde Pardo estaba leyendo su discurso de asunción a la presidencia del Senado, no solo los ecos lejanos de la política cohesiva del castillismo, sino uno de los rasgos más importantes del republicanismo peruano: la idea de la unidad. Resultaba obvio que se había recorrido un largo camino para arribar a similares conclusiones a las que varias décadas antes habían llegado Sánchez Carrión y Castilla. Aparentemente, el círculo volvía a cerrarse. Sin embargo, esta vez, el alto precio que el Partido Civil debió pagar para proveerse de la tan requerida paz social tuvo por finalidad la forja de un escenario social controlado donde llevar a cabo las reformas que las dirigencias partidarias aún estaban esperando. La paz política y social, obtenida mediante la tregua con el enemigo, fue para el civilismo el contexto fundamental para llevar a cabo el programa de reformas fiscales y estabilización financiera con las que siempre soñó. No debemos olvidar que, desde el inicio del proyecto, la satisfacción de las «necesidades» materiales de la nación fueron la meta más acariciada para Pardo y las élites económicas que lo apoyaron. En palabras del flamante presidente de la Cámara Alta, para lograrla había que «combatir las pasiones» que conmovían a la nación (Mc Evoy, 1994a, p. 136). Era obvio que el discurso de Pardo en el Senado evidenciaba un alejamiento de los ideales de politización masiva enunciados en el ideario de la «República Práctica», junto con un acercamiento más pragmático a la situación real del país. Lo que hizo el Partido Civil con su proyecto inicial fue disminuirle la dosis de republicanismo-idealista, elevándole, simultáneamente, la de pragmatismo-realista. Los civilistas, al pactar con Prado y su «canalla», dejaron «momentáneamente» de lado los ideales 208

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